Magia

domingo, 25 de abril de 2010

- Jana, presta atención y escucha el susurro de la tierra. Si lo haces, descubrirás el verdadero significado de la magia.

Con suavidad, la cadenciosa voz de su madre flotó en el aire como una caricia, rodeando a la pequeña.

El adormilado rostro de la niña se despejó repentinamente. Abrió desorbitadamente sus enormes ojos grises. “¿Escuchar la voz de la tierra? ¿Cómo iba a hacer tal cosa?”

- Sí, no me mires así, como si no me entendieras. Te lo he repetido infinidad de veces, hija. Concéntrate. Deja que sea la energía que fluye de los árboles, del aire, del agua o incluso de la tierra, la que te hable. La naturaleza es sabia. Ella te dirá en todo momento lo que necesitas saber, pero para ello debes aprender a escuchar su voz.

Su madre hablaba con tal convicción que disipó las firmes creencias de Jana de que aquello era totalmente imposible. Pero llevaban demasiadas horas enfrascadas en esas extrañas lecciones, y ella no era capaz de oír ni un murmullo. Había agudizado sus sentidos, al menos tanto como una niña de ocho años era capaz. Sin resultados.

Agotada, recostó la espalda contra la corteza lisa y grisácea del naranjo tras ella. Levantó la mirada hacia la frondosa copa para observar las exuberantes ramas cubiertas de hojas ovaladas. Entre los brotes de un verde intenso y los racimos de la flor de azahar, se ocultaban unos pajaritos. Podía oírlos, aunque no al dichoso árbol.

El sol las traspasaba tenuemente y creaba una sombra apacible. El clima era benignamente agradable: una suave brisa soplaba agitando las briznas del césped perfumado y las vistosas florecillas que se diseminaban sobre él. Aunque desde su posición no podía verlo, sabía que aquel día el cielo se engalanaba con un manto azul celeste y turquesa que se extendía hasta la Sierra Norte, y se desdibujaba en el horizonte.

No pudo reprimir un sonoro bostezo que trató de esconder detrás de su mano, sucia de tierra tras haber excavado madrigueras en el jardín. Su madre le había sorprendido en tales travesuras, y le había hecho sentar bajo el viejo naranjo para aleccionarla sobre la magia de la tierra, los árboles y las estrellas.

Al principio le había parecido divertido.

Creía que le explicaría alguna bonita leyenda o fábula como las que le contaba cada noche antes de irse a dormir, pero no, aquello no se parecía en nada a un cuento. Su madre trataba que comprendiera algo incomprensible. ¡Decía que el naranjo sobre el que se apoyaba podía hablar! Pero no era así. Había tratado de oírlo. ¡Incluso había pegado la oreja al tronco, en un intento por captar algún susurro! Sólo el latido de su corazón, y el alegre trino de los petirrojos retumbaban bajo la perezosa tarde primaveral.

Había un nido entre las ramas del árbol. Sentada como estaba en el suelo, había descubierto su ubicación. Pensó que si no podía hacer una madriguera -como habían sido sus planes iniciales- entonces lo que haría sería trepar por el tronco para ver el nido. Aquello sería tan emocionante… ¿Habría pajaritos?

- Mamá, estoy cansada. El árbol no quiere hablar conmigo, ni la tierra, ni siquiera el sol -se quejó.

- ¡Claro que quiere, Jana! Pero debes estar dispuesta a oírlo.

- Mamaá, me aburro. Quiero correr por el jardín, quiero hacer una madriguera para el conejito que me ha regalado la abuela, y quiero buscar nidos -exclamó levantando

al aire sus sucias manitas en un gesto de impotencia-. No quiero hablar con el árbol -gimoteó.

- No seas malcriada, Jana -acarició con suavidad las pequeñas manos que se crispaban en dos puños- .Vamos, será divertido -trató de engatusarla.

Sin embargo la niña no borró el rictus de hastío de su rostro, sino que cruzó sus delgados bracitos sobre su pecho para mostrar su disconformidad.

La dulce mirada castaña de Nora se posó sobre su hija. Estudió su desaliñada apariencia. Por más que la regañara, Jana siempre acababa despeinada, con las ropas rasgadas y las rodillas llenas de arañazos. Se cercioró de que sus cabellos, de un brillante castaño rojizo, sobresalían de las pulcras trenzas en los que se los había peinado esa mañana. Probablemente se las hubiera enredado en algún arbusto, persiguiendo mariposas o Dios sabía qué. Los enormes ojos grises de la niña, ligeramente rasgados, estaban vidriosos por el sueño. Pestañeó varias veces.

- Venga, inténtalo una vez más -trató de engatusarla, pero la niña la miró con desconfianza.

- Cierra los ojos y escucha lo que te rodea.

Nora creía sinceramente que una vez su hija descubriera el significado de la magia, se mostraría más receptiva.

La niña obedeció con renuencia. Aquél parecía ser un juego muy extraño, pero… tal vez si fingía hacer lo que su madre le pedía, lograra regresar antes a sus juegos. Así que cerró los ojos con fuerza.

- Relájate, Jana.

La voz de su madre era un susurro en la oscuridad, su sonido era adormecedor. Luchó por reprimir otro bostezo, y sintió una suave caricia sobre su frente y cabellos.

- Respira con suavidad -la instruyó con paciencia, sin dejar de acariciarla.

Jana trató de hacerlo. Era complicado, pero el tono de voz de su madre le indicaba que eso la hacía feliz. Mamá no parecía feliz ni sonreía a menudo; tampoco la abuela, si se ponía a pensar en ello. Ella las había sorprendido muchas veces mirando con tristeza a través de la ventana, como si esperaran la llegada de alguien… y eso no le gustaba. Así que… bien podía hacer un intento, ¿no?

Casi sin percatarse, fue relajándose y respirando con fluidez.

- Ahora dime qué oyes - susurró su madre.

Jana lo meditó durante unos segundos. “Nada”. Pero antes de dar voz a sus palabras, algo rasgó el aire. Una sonrisa de satisfacción perfiló sus labios: había captado un sonido.

- Oigo los pajaritos sobre el árbol. Creo que están hablando entre ellos -rió-. Creo que deben tener hambre, pero su mamá habrá ido a buscar gusanitos. ¿No te parece? -preguntó con gran interés.

- Seguro que sí -la mujer también rió-. ¿Qué más puedes oír?

- Mmm, creo que… -se detuvo insegura, era difícil identificar los alrededores sin verlos- las ramas del árbol se mueven. Parece como si hablaran en voz baja -susurró divertida.

- ¿Oyes qué es lo que las mueve, Jana?

La niña arrugó el ceño concentrándose. Aquella era una pregunta más complicada, pero permaneció con los ojos cerrados tratando de captar un rumor o un susurro que lo desvelara.

- El aire -dictaminó con satisfacción después de oír cómo susurraba contra el naranjo. Las hojas se agitaban perezosamente, entonando una alegre cancioncilla.

- ¿Oyes cómo te habla? -insistió firme, pero pacientemente, Nora.

Jana abrió los ojos desvelando unos iris grises brillantes en los que se reflejaba una evidente curiosidad.

- ¿Me habla? -preguntó sorprendida. Su boquita formó una O perfecta ante tamaña noticia.

- Claro que sí, pequeña -afirmó su madre rotundamente, secundando sus palabras con un suave gesto de cabeza.

- ¿Qué me dice? -se interesó con creciente interés. Parpadeaba como un búho, presa de la agitación.

- Para saberlo debes prestar mucha atención, Jana -la instruyó su madre-. Es un don.

- Pero es que no lo entiendo, mamá -se quejó con cansancio mientras se rascaba la nariz-. ¿Tengo yo ese don?

La mujer agitó la cabeza en señal de asentimiento.

- Claro que lo tienes y cuando estés preparada, lo entenderás.

- ¿Y cuándo será eso? ¿Cuándo, mamá? Yo quiero entenderlo ahora -se quejó.

- ¿Qué quieres entender, Jana? -preguntó alguien sobre las cabezas de madre e hija sentadas sobre el césped.

- Al viento -explicó con orgullo a su abuela, cuando ésta se aproximó hasta ellas.

La expresión en el rostro de la mujer se ensombreció bruscamente, pero una dulce sonrisa suavizó sus labios mientras se acercaba a su nieta. Agachándose hasta igualar su altura, la besó ruidosamente en la mejilla haciéndola reír.

- Abuelaa, me haces cosquillas -se quejó.

- ¡Qué quejica eres! Eso no son cosquillas, Jana. Esto sí que lo son -dijo antes de pasar repetidamente los dedos por sus costados para hacer que la pequeña se estremeciera de risa. Sus escandalosas carcajadas retumbaron por todo el jardín.

- ¡Abuelaa! -chilló mientras trataba de zafarse de ésta, pero secretamente estaba encantada con aquel juego. Le gustaba cuando su abuela hacía esas cosas, como le gustaba el olor a canela y limón que desprendían sus ropas. Seguramente había preparado tarta de limón para la cena, pensó relamiéndose de anticipación.

Riendo, la mujer mayor la instó a ponerse en pie. Le sacudió la falda de su pichi tejano, le subió los calcetines, arrugados sobre sus escuálidos tobillos, y peinó con los dedos los cabellos que caían sobre sus ojos, dificultándole la visión. Limpió con el borde del delantal, atado a su cintura, la tierra que manchaba la naricita pecosa de su nieta. Se le encogió el corazón al ver la expresión dulce y confiada en su rostro. Estaba decidida a no permitir que nada ni nadie la hiriera, aun si eso conllevaba ocultarle la magia que circulaba por sus venas. Algo que su tozuda hija no parecía estar dispuesta a hacer.

Agachándose hasta igualar la altura de la pequeña, Edna pasó repetidas veces las yemas de sus dedos sobre los rasguños de las rodillas mientras canturreaba una cancioncilla. Jana no la entendió, pero le gustaba ese sonido y la cálida sensación que se formaba en el punto donde su abuela la tocaba. Poco a poco, las heridas fueron desapareciendo. Su piel quedó lisa y sin máculas, como si los arañazos nunca hubieran estado allí.

- Ohhh - Jana boqueó maravillada.

- Venga, ve a jugar un poco antes de que anochezca -dijo palmeándola con suavidad en el trasero.

- ¿También aprenderé a hacer eso, abuela? -gritó extasiada, pensando que tal vez, sólo tal vez, aquellas lecciones no fuesen tan aburridas después de todo.

La mujer cabeceó triste y en silencio.

Jana les dio la espalda cuando súbitamente recordó algo que la hizo volverse:

- ¿Has hecho tarta de limón, abuela? -Un brillo expectante se reflejaba en su mirada, una sonrisa radiante en los labios que desvelaba la falta de uno de sus dientes.

- Sí, pero ahora ve a jugar -la instó con una sonrisa-, pronto anochecerá.

El ruidoso y excitado grito infantil retumbó bajo el viejo naranjo. Los petirrojos en la copas trinaron con más fuerza, las ramas se balancearon con mayor ímpetu e, incluso, el viento sopló con más energía. Pétalos de la flor de azahar cayeron, como copos de nieve, sobre las trenzas de la pequeña creando un halo blanquecino a su alrededor.

Alzando su carita hacia el árbol, rió con más fuerza y después echó a correr despreocupadamente con los brazos en alto. Las dos mujeres, madre e hija, se quedaron a solas.

- ¿Por qué has hecho eso, mamá?

- Deja a la niña en paz, Nora. Sólo tiene ocho años, no deberías meterle esas tonterías en la cabeza -habló con acritud.

- Esas tonterías están en su sangre. Jana tiene el don, al igual que tú o yo. Es absurdo ocultárselo o negarlo. Debe aprender a hacer buen uso de él y aprender a escuchar las señales -la rebatió su hija.

- Eso son estupideces, Nora. La niña no tiene necesidad de pasar por todo eso. Ni a ti ni a mí no nos ha reportado nada más que desdichas. ¿Quieres el mismo destino para tu hija?

Nora Ros bajó la voz hasta convertirla en un murmullo, posó una mano sobre el puño crispado de la otra mujer y habló con el corazón:

- Mamá, no hay nada malo en nosotras. No es culpa nuestra que algunas personas no entiendan el maravilloso don con que hemos sido bendecidas. Jana es una privilegiada -apretó los dedos sobre los trémulos de su madre para aplacar sus quejas-. Todas nosotras lo somos. No tiene por qué repetirse con ella nuestra historia. Tal vez Jana conozca a un hombre que no le asuste el hecho de que sea diferente,

Sus labios se distendieron en una apenada sonrisa que no alcanzó a reflejarse en sus suaves ojos color miel. Bajo el ímpetu del viento la larga cabellera negra de Nora acarició su rostro. El brillo de las lágrimas en los ojos de su madre la angustió.

- No quiero que sufra -admitió ésta con voz temblorosa, luchando por contener el llanto que, irreprimible, enronquecía su voz.

- Ni yo, mamá. Pero no podemos negar lo que somos, igual que no podemos evitar los designios del destino.

Mientras hablaba secaba con los nudillos las lágrimas que ya le surcaban el rostro.

- Mírala, ¿acaso no parece feliz en estos momentos? -añadió señalando a la niña que correteaba por el jardín entre gritos y risas mientras el viento parecía perseguirla con los brazos extendidos.


Magia©Mariam Agudo


8 comentarios:

  1. Que grata sorpresa, has recuperado cierta historia que quedo inconclusa y me alegro. Me gsuta muchísimo.
    Espero poder leer más de esta historia descubrir quien es Jana y con que don ha sido bendecida.

    Un beso enorme Mariam, muchisimas gracias por este regalo.

    Carmen

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  2. ¿Es un fragmento de tu nueva novela? ¡¡¡Qué interesante!!!

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  3. Es un verdadero deleite leerte. Como a Carmen me gustaría poder leer la continuación, así que no seas mala y no nos dejes con las ganas. Bss

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  4. Es sólo una novela que empecé a escribir hace mucho. Ni siquiera está terminada. Con el cambio de ordenador he rescatado viejos archivos y la encontré entre ellos.

    Lola no es la novela que estoy escribiendo ahora, ésa aún no me atrevo a enseñarla, pero esta otra quiero ir acabándola. No es una historia excepcional pero le guardo cariño.

    Un abrazo

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  5. Mariammm tienes que terminarla.. esta novela me gustó muchisimo! como me acuerdo de Joel

    te voy a fastidiar mucho con esta jeje!

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  6. Te prometo terminarla, Cindy.
    Te mando un abrazo muuuuuy fuerte.

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  7. Jooooooooooooooooooo, ¿o sea que este es el principio de una novela? Pues ya la puedes ir terminando jejeje... Me gusta mucho la atmósfera que creas con tus palabras, el misterio que encierran los personajes, me recuerda al estilo de Luna de Tor.

    Como siempre, una gozada leerte.

    Rosa

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  8. Sí, Rosa. Más que novela es aún el borrador de una. También creo que tiene un estilo a Luna de Tor. Me gustaría acabarla algún día.

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