Juegos en las sombras - Katherine Sutcliffe

domingo, 27 de junio de 2010

Título original: Shadow play
Autora: Katherine Sutcliffe
Género: Romántica histórica
Editorial: Vergara
Edición: 1992










Cuando Sarah St. James viaja desde Inglaterra a la Guayana Británica, donde su padre es el gobernador, espera reencontrarse con él y anunciarle su compromiso con un joven británico de muy buena familia. Pero en su lugar recibe la noticia de su muerte, aparentemente accidental. Más tarde, los allegados y amigos del gobernador le informan que, en realidad, bien podría haberse tratado de un suicidio, cometido ante la humillación que sintió al haber sido embaucado por Roberto King, uno de los barones del caucho, propietario de extensas plantaciones. St. James no sólo fue engañado vilmente por King, sino que perdió el dinero que tanto él como sus socios invirtieron. St. James opta por el suicidio pero al hacerlo destroza la vida de su hija.

Tras el impacto inicial que le provoca la noticia y el dolor que la acompaña, Sarah se enfurece cuando sabe del engaño del que fue víctima y padre. Así que planea incursionar en la selva del Amazonas, llegar a la plantación de caucho de King en Jarupá y robarle las semillas por las que su padre pagó y murió. Por supuesto para ello necesita un guía, un hombre que conozca el territorio y que esté lo suficientemente loco como para querer aventurarse en las tierras de King -acompañado de una mujer- que son inexpugnables.
Se dice que hay un hombre que según la leyenda es el boto, un norteamericano de nombre Morgan Kane que, cuentan los indios, huyó en una ocasión de las garras de King y que, por tanto, conoce el terreno como nadie.
Sarah acude a él pero Kane rechaza ayudarla. La joven insiste una y otra vez hasta que éste, finalmente, accede a acompañarla a cambio de una importante suma de dinero.

Aunque el nombre de Morgan Kane está rodeado de leyenda y heroicidad, nadie conoce en realidad quién es ni cuál es su origen. Odiado por los hombres por el magnetismo que parece atraer a las mujeres, que lo idolatran y desean en la oscuridad, pero repudian bajo la luz del sol, nadie conoce en realidad a Morgan Kane. Sólo Henry Longfellow, el pigmeo que fue educado como caballero inglés y que es su más leal amigo.
Un pasado en común con Roberto King, un vínculo jamás desvelado a nadie, es el arma de doble filo que esconde y que, por un lado, puede utilizar contra su acérrimo enemigo, pero por otro, lo hace débil ante él.

La venganza es el motor que empuja tanto a Sarah como a Morgan a adentrarse en la selva del Amazonas, donde animales letales, tribus, enfermedades tropicales y otros peligros se agazapan tras las sombras, empujándolos el uno hacia el otro, dando origen a una atracción y pasión desconocida para ambos.

Amor, pasión, peligros y aventuras son el marco en el que se desarrolla Juegos en las sombras, novela de la autora Katherine Sutcliffe.
Aunque esta escritora tiene en su haber una prolífica bibliografía, son sólo dos las novelas suyas publicadas en nuestro país. Hasta ahora no había las había leído y debo confesar que han sido una gran y agradable sorpresa, sobre todo Juegos en las sombras.

Sin duda uno de los mayores atractivos de esta novela histórica, cuya acción transcurre a finales del S. XIX, es la ambientación. La selva del Amazonas, rodeada de peligros, leyendas y magia es el marco en el nace la historia de amor de Sarah St. James, una joven y altiva dama inglesa, y Morgan Kane, aventurero e intrépido para unos, un dios en la tierra para otros, un seductor e intrigante norteamericano.

La personalidad de la pareja protagonista, con las enormes diferencias que los separan, tanto en clase social como principios, no suponen un obstáculo para que la atracción estalle entre ellos.
Morgan Kane es un hombre que miente por costumbre, miente sobre sí mismo, sobre lo que piensa, siente y sobre las acciones que lleva a cabo. Pero a pesar de ello su palabra es ley. Venerado por los indios del Amazonas que lo ven poco menos que un Dios y lo consideran el boto, en referencia al delfín rosado común en el Amazonas que lo sacó de las aguas salvándole la vida, son muchas las leyendas que rodean su figura. Pero la realidad esconde un alma herida y atormentada que va viendo la luz poco a poco y que solo la mano cálida y el amor desinteresado de una mujer como Sarah puede sanar.

Me ha parecido preciosa la historia de amor entre Sarah y Morgan. Debo confesar que cuando empecé a leer la imagen que me creé de éste no se corresponde en absoluto con la que vas descubriendo después. Creo que eso, sin duda, era lo que la autora pretendía.
A medida que se internan en la selva del Amazonas, encarando infinidad de peligros que les obligan a confiar y depender los unos en los otros, un vínculo muy especial nace entre él y Sarah. Algo surge dentro de él, unos sentimientos que le asustan y lo hacen sentir vulnerable, algo que teme, odia y contra lo que lucha.
Detrás de sus gestos hoscos, su carácter malhumorado, las mentiras que dice sin remordimientos se esconde un hombre vulnerable y herido que te enamora sin remedio.

El personaje de Sarah me encanta. A menudo mientras leía la novela me la imaginaba como la protagonista de una película antigua, donde una dama envuelta en volantes, sombrilla y peinado muy recatado levanta la nariz con gesto altanero ante el rudo aventurero que, casualmente, necesita la guíe a través de la selva. Pues como en una de esas películas, poco a poco la pulcra y refinada dama inglesa, va perdiendo su elegancia, su altanería y aprendiendo a sobrevivir a la vez que descubre que el hosco y malhumorado seductor que la acompaña es el hombre necesita y que le descubre el amor en todos sus prismas.

Aventuras, traición, secretos y una lucha constante por sobrevivir son sólo algunos de los elementos contra los que deben luchar Sarah y Morgan para que el amor triunfe.

No puedo dejar de destacar a varios personajes, por un lado Henry Longfellow, el pigmeo que es el único apoyo y amigo con el que, realmente, Morgan ha contado en su vida y que, de igual modo, se convierte en un confidente para Sarah. En cierto modo, él y Morgan aunque diferentes en el aspecto físico, carácter y raíces, tienen mucho en común y el lazo que los une llega a límites indescriptibles. Para mí es uno de los “grandes” personajes de Juegos en las sombras, no sólo por el papel tan relevante que juega en la trama, sino por lo esconde este pequeño hombre en su interior: amor, lealtad y entrega sin fin.

Y, por supuesto, no puedo acabar esta crítica sin mencionar al antagonista de la novela: Roberto King. Seductor y atractivo, su aspecto físico hace pensar de él en un ángel dorado, pero tal es el veneno que esconde que, a su modo, es un personaje que odias pero tiene un punto que te gana. Malvado sin redención, cruel, déspota... creo que no me dejo ni un calificativo para describirlo, es mucha la oscuridad que esconde. Una obsesión ha guiado su vida desde el día que conoció a Morgan y un secreto, compartido entre ambos, ha forjado un vínculo que nada parece poder romper... tal vez, sólo la muerte.

En definitiva, Juegos en las sombras me ha parecido una novela soberbia, pues cuenta con una trama que te seduce, una historia de amor pasional y sensual, unos protagonistas con carisma, secundarios que te llegan al alma, un antagonista de los malos malos y un marco mágico, seductor y peligroso bajo el que todo se desarrolla.
Una novela estupenda que pasa desde ya a formar parte de mis favoritas.


¡¡Gracias por prestármela, ANA!!

El vagabundo

miércoles, 23 de junio de 2010


Llegó uno de los días más fríos del invierno.

La nieve convertía en ciénagas los caminos y los hacía intransitables, tanto que aventurarse en la intemperie sólo podía ser cuestión de vida o muerte, o, una gran imprudencia.

Pero ni siquiera la copiosa nevada impidió que el vagabundo llegara al parque que se ubicaba en el cruce de las calles. A esa hora no circulaban coches en ninguna dirección; el semáforo pasaba de un color a otro ante la apagada mirada del guardia, aterido de frío.

Una tormenta de nieve se había desatado mientras la ciudad dormía y, varias horas después, el viento aún soplaba despiadado, cortante como una cuchilla afilada. El lugar ofrecía la imagen de una postal navideña. Un manto blanco cubría los tejados, los árboles y las cercas que se vislumbraban en la distancia.

Aquél fue sólo el primero de muchos días.

Cuando el repiqueteo de las campanas señalaba las cinco de la tarde, las cigüeñas levantaban el vuelo sobre la iglesia y él cruzaba la verja de hierro que daba entrada al parque. Recorría el camino de tierra que serpenteaba trazando senderos y recovecos entre los árboles de ramas desnudas. Lo hacía con gesto adusto, concentrado, con las manos en los bolsillos. Caminaba hasta alcanzar la estatua de mármol, situada junto al bosquecillo de álamos, donde permanecía de pie, imperturbable y en silencio, observando la escultura con la adoración con que se mira a una mujer de fascinante belleza.

Nadie conocía la identidad del extraño.

Todos lo miraban a hurtadillas y especulaban.

Había quienes decían que, de lejos, tenía la apariencia de un mendigo, un vagabundo, un desahuciado o bien un alma errante, pues vestía unos pantalones deshilachados en los bordes, con un roto sobre la rodilla derecha que dejaba ver una pierna, desnuda y cubierta de vello oscuro; calzaba unas viejas botas militares de punteras arañadas, un desgastado y anticuado abrigo de pana gris y un gorro de lana negra, que le cubría los espesos y oscuros cabellos.

Los que se habían cruzado con él decían que, de cerca, mostraba el templado semblante de un poeta, un bohemio o un artista callejero. El suyo era un rostro atractivo y de marcados rasgos que parecían esculpidos en granito. La luz del atardecer resaltaba las cejas rectas, los ojos de color gris acerado, la línea regular de la nariz y de los pómulos altos, así como la mandíbula, fuerte y cuadrada, cubierta por una incipiente barba.

Entre ventiscas y nevadas fueron pasando los días y, por fin, llegó aquél en que la nieve se derritió. En su despedida formó regueros de agua que embarraron el camino y los senderos, pero, fiel, el vagabundo continuó acudiendo al parque. Mientras, la estatua de mármol blanco, de apariencia inalcanzable y tan gélida como el clima, empezó a cubrirse de hiedra y hojas secas.

El azul grisáceo del cielo fue dando paso al azul celeste.

Tímidamente primero, con ímpetu después, entre el blanco y el gris del paisaje, una amplia paleta de colores pintaron el enclave. Los primeros brotes reverdecieron en los árboles de ramas desnudas, los capullos de la nueva estación florecieron y, en la distancia, se oyó el cantar de las calandrias anunciando su inminente llegada.

Pero así como el mundo despertó de su letargo, tras el largo y austero invierno, el hombre envejeció de la noche a la mañana. Desapareció la robustez y el vigor de su cuerpo pero, igual que había hecho hasta entonces, continuó acudiendo al parque día tras día. Al traspasar la entrada, lo hacía con la espalda encorvada. Cada tarde la forma cóncava de su columna se veía más pronunciada que la anterior, las piernas le temblaban a cada paso que daba y, con frecuencia, sus pies, entorpecidos, tropezaban en las piedrecillas del camino.

Llegó la tarde en que apareció apoyándose en un bastón, doblándose por la cintura, con la cabeza hundida entre los hombros. Los otrora cabellos negros pendían en mechones sueltos y de un blanco prístino. Apenas lograba levantar los pies del suelo, los arrastraba dejando a su paso marcas sobre la tierra fresca.

Al llegar junto a la estatua levantó los ojos y se percató que ni un centímetro de mármol quedaba al descubierto, pues la hiedra y las rosas silvestres que habían brotado alrededor del pedestal, la cubrían de pies a cabeza. Un sollozo bronco, como el de un animal herido de muerte, brotó de su garganta. Con las manos desnudas apartó las ramitas y espinas que le impedían observar la faz de la estatua; se arañó los dedos hasta hacerlos sangrar, pero nada lo detuvo.

Arrugas, que días antes no estaban en su rostro, se veían en las comisuras de los ojos grises. Casi ciegos, luchaban por enfocar una visión que lo abandonaba a un mundo de tinieblas. Angustiado ante la imposibilidad de ver el rostro amado, dejó que las lágrimas brotaran y se deslizaran por sus mejillas en un caudal incontenible. Mientras, sus manos, de piel marchita y ajada, hurgaron entre la maleza hasta notar el tacto de esos rasgos tan amados. Y, a pesar de las espinas que lo arañaban, sus labios buscaron los pétreos de la estatua.

Después de aquel día, nadie volvió a verlo. Dicen que se fue esa tarde, acompañado del cantar de las calandrias, cuando los últimos rayos de sol moteaban sombras entre los árboles en flor. Vieron al anciano cruzar la puerta de hierro oxidado y no volver jamás.


La estatua llegó bajo el cielo gris de un amanecer.

Un camión la condujo a través del parque. Tres hombres, ataviados con monos de trabajo y con rostros aún somnolientos, la bajaron con cuidado para colocarla sobre un pedestal, a un lado del bosquecillo de álamos. Junto a los árboles de corteza gris, el mármol blanco no destacaba demasiado y la estatua pasó desapercibida para los ojos menos atentos.

Era la imagen de una mujer de mirada lánguida que se perdía en el horizonte. Vestía con una túnica holgada que se sujetaba sobre un hombro. Los cabellos caían sobre un lado, recogidos en la nuca, pero algunos mechones enmarcaban el rostro de mármol. Tenía las manos cruzadas en lo que parecía ser un gesto inquieto o apesadumbrado, pero sin ninguna duda, su semblante transmitía nostalgia.

A medida que la gente fue reparando en su presencia, nacieron las historias entorno a ella. A causa de su vestimenta, algunos la describían como una doncella de la antigüedad clásica; para otros era una diosa caída en desgracia del Olimpo; y para algunas personas era sólo una enamorada que aguardaba por un amor perdido.

Él acudió a verla en la que fue la primera de muchas tardes, cuando apenas llevaba unas horas colocada sobre el pedestal de granito. Qué veía en ella, nadie podía aseverarlo, pero lloviera, tronara o nevara, cada tarde se acercaba al parque y permanecía junto a ella, hora tras hora, y la observaba extasiado.

Era sólo un cuerpo esculpido en piedra, pero el amor que emanaba de los ojos del vagabundo la traspasaba igual que si aún palpitara con la vida. Privada de la capacidad de hablar, no podía responder, pero sí oía las palabras de amor que él le susurraba. Observándolos, los corazones más románticos tejieron una historia de amor alrededor del vagabundo y la estatua. Incluso el bosquecillo de álamos se convirtió en el marco de aquel amor imposible, insuflado por miradas tímidas y palabras a media voz.

Con las primeras nevadas, una pátina de hielo fue cubriendo a la estatua y rompiendo el único contacto con que contaban los anhelantes enamorados. Tuvieron que transcurrir semanas y meses hasta que llegó el día en que pudo olerse en el aire el resurgir de la vida. El aroma de las flores, el de la tierra húmeda y la resina de los árboles impregnaban todo con la esencia de la primavera.

Y algo sucedió...

Una grieta se abrió en la escarcha que aprisionaba a la doncella de piedra hasta que, centímetro a centímetro, fue resquebrajándose y liberándola. En su lugar, hojas de hiedra y rosas silvestres que, como por arte de magia, brotaron sobre el cuerpo de piedra blanca, lo cubrieron por completo. A través del muro que la vegetación, las flores y espinas formaban y ocultaban aún podía oír la voz del vagabundo, las palabras de amor que le susurraba y... el llanto que las teñía al final.

Quiso tocarlo, abrazarlo, decirle que también ella estaba sola en un mundo extraño, pero no podía.

Era incapaz, no era nada más que una estatua de mármol. Bella, distante e inalcanzable pero, al fin y al cabo, una mujer de piedra que también palpitaba por dentro. ¿Pero cómo llegar a él, cómo traspasar las barreras que los separaban? Sentía la desesperación con que trataba de liberarla de la maleza, oía la respiración entrecortada al contener el aliento, el miedo que emanaba de su voz. Quiso decirle que no lo hiciera, pues al hacerlo le arrancaba las alas de su libertad. No pudo.

La oscuridad la rodeó.

Cuando abrió los ojos, vio la espalda del anciano en la distancia. Ya cruzaba las puertas de hierro oxidado sin volverse ni dedicarle una última mirada. ¡No te vayas!, quiso gritarle, pero la voz no le pertenecía aún. La vista regresaba a ella poco a poco, en oleadas, turbia como una lente desenfocada; las palabras se agolpaban en su garganta sin poder pronunciarlas. No tuvo tiempo de reunirlas, ordenarlas y lanzarlas al cielo para que él, su vagabundo enamorado, las recogiera. ¡No me dejes!, le suplicaba en silencio.

Lloraba, sin percatarse de que lo hacía. La sensación de las lágrimas sobre su piel de alabastro era nueva, extraña. Mientras atardecía y el sol se hundía en el horizonte, dejaba en sombras el bosque de álamos, los bancos a un lado del camino y los senderos que se bifurcaban entre los arbustos en flor. Volverá, se dijo.

Mañana, como cada tarde, volverá a mí.

Pero él no volvió.


A la tarde siguiente, ella aguardó sentada sobre el banco de madera, a sólo unos metros del lugar donde se habían encontrado día tras día el vagabundo y la estatua. Recibía miradas cautas y curiosas de las personas que paseaban entre los árboles. La miraban con la curiosidad con que se hace a una recién llegada. La gente también miraba hacia el hueco vacío donde el día antes se alzaba la bella estatua de mármol. Los buscaban, a ella y al vagabundo que la observaba con tanta adoración. Pero ese día ni uno ni otro estaban y, nuevamente, volvieron a especular y a tejer historias sobre amantes reencontrados tras una larga ausencia cuando, en realidad, no hubo tal reencuentro.

Ella continuaba allí, al pie del bosque, día tras día. Sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo, jugueteaba con la tela del liviano vestido blanco que llevaba. Vaporoso, delicado y femenino la envolvía como si de una princesa se tratara. Pero él, su caballero andante, no llegaba. La esperanza se apagaba mientras los frutos maduraban en los árboles, el sol ardía con mayor intensidad, los dorados y anaranjados de la estación estival bañaban el parque y, más allá, la ciudad. Las risas de los niños se oían por todas partes, el chapoteo en la alberca y el bullicio alegre de decenas de personas.

Y la tristeza inundaba el corazón de la muchacha.

Una mañana, un joven de cabellos rubios y ojos celestes pasó caminando delante de ella. La miró de soslayo, dudando si continuar su camino o acercarse. Tras el momento inicial de indecisión, se aproximó y tomó asiento en el banco. Respetando su silencio no pronunció palabra, pero se recostó con gesto relajado contra el respaldo mientras observaba con pereza la alegría que vibraba en el ambiente.

Los árboles a sus espaldas proyectaban una apacible sombra sobre sus cabezas; desde las ramas llegaba el alegre trinar de los pájaros mientras una liviana brisa veraniega les acariciaba el rostro. Compartieron las horas en amistosa compañía, lanzándose mutuas miradas encubiertas. Al atardecer el joven se puso en pie, estiró los brazos sobre la cabeza desentumeciendo los músculos y se alejó. Pero al pasar delante de ella, igual que horas antes, le susurró: “Escucha el canto de los pájaros, te conducirá hasta él”.

Esas palabras no le decían nada, salvo que podía hallar a su enamorado. ¿Pero dónde?

Día tras día buscó al joven de cabellos dorados. En cualquier rincón del parque en que lo avistara, allí iba ella. A él parecía gustarle pasear, lo hacía a diario, con paso seguro de sí mismo, confiado y feliz. Observaba embelesado el cambio de tonalidad en los árboles que mudaban de colores como un reptil de piel. Algo brillaba en sus ojos. ¿Impaciencia tal vez?

Le suplicó en repetidas ocasiones que le explicara el significado de esas enigmáticas palabras que no le decían nada, pero él sólo las repetía, día tras día, aumentando su inquietud.

¿Cómo podían los pájaros guiar sus pasos?

Una mañana el trinar matutino adquirió un deje melancólico. El parque estaba menos concurrido que las semanas previas. Los tonos ocres y rojizos ya teñían los árboles y los frutos maduraban en las ramas. El viento ya no estaba cargado de aromas florales y frutales, sino de olores a tierra, resina y madera. Algo había cambiado y ni siquiera el joven de cabellos dorados se dejó ver. Durante un instante creyó verlo junto a una muchacha de larga cabellera rojiza y ojos verdes, pero un momento los vio recostados contra un álamo, al siguiente habían desaparecido.

Las notas tristes del canto de las aves que levantaban el vuelo sobre el bosquecillo, emigrando a tierras más cálidas, la hechizaron. Parecían quedar suspendidas sobre las copas puntiagudas de los árboles y algo, tal vez la soledad que la embargaba de nuevo, la impulsó a caminar. Sus pies la condujeron hasta los álamos donde un día se alzara como una estatua de mármol, al lugar donde el vagabundo acudía día tras día a observarla y acompañarla. ¿Dónde estaría él?¿Por qué no había regresado? De nuevo las palabras del joven de ojos celestes volvieron a su cabeza, pero la respuesta la eludía.

Levantó la mirada al cielo donde las bandadas de pájaros parecían motas que el aire arrastraba. El trinar se entremezcló con el viento y otro sonido que no pudo reconocer.

Se abrió paso entre los álamos siguiendo el rumor hasta alcanzar una pequeña fuente de rocas, de la que el agua brotaba como si surgiera de la misma tierra. Una pareja de pájaros de vistoso plumaje paseaban sobre ésta: uno era una ave de plumas rojizas, el otro de era mezcla de blanco, dorado y ocre. Lo curioso fue que, durante un instante, le pareció notar que ese pájaro multicolor la miraba y casi juraría que sus ojos eran tan azules como el cielo del verano. Juntos, las dos aves, alzaron el vuelo y se perdieron entre las nubes.

Y entonces lo vio.

Dando sombra y cobijo al pequeño afluente de agua, crecía un árbol robusto y de corteza oscura. Las ramas estaban cargadas de hojas verdes que, a simple vista, parecían de tacto aterciopelado. No tenía flores ni frutos otoñales pero sobre las ramas el piar de decenas de pájaros, ocultos entre las hojas, resonaba por encima del fluir del agua.

Se acercó, atraída por el trinar de las aves, posó su mano, pequeña y de piel pálida, sobre la rugosa corteza y, al hacerlo, de no saber que era imposible, juraría que el árbol había contenido el aliento. El intenso aroma de la resina y la hojarasca se le subió a la cabeza como una droga y, con suavidad, colocó la mejilla sobre él. El viento se filtraba entre las hojas entonando melodías mientras la muchacha rodeaba con los brazos el tronco.

A tan pequeña distancia distinguió el rostro del vagabundo, tallado sobre la rugosa corteza del árbol. En el momento en que sus ojos se cruzaron con los de él algo vibró en el aire. Los pájaros alzaron el vuelo, decenas de alas se batieron. Poco a poco el rostro fue delineándose y haciéndose más visible hasta que incluso las ramas parecieron mudar de forma y abrazarla.

Una maraña de cabellos oscuros y enredados sombrearon un rostro pétreo que traslucía tanta sorpresa como el de ella. La barba era más espesa que la última vez que la viera, pero sus cabellos volvían a mostrar una tonalidad negra. Entre los mechones que colgaban sobre los hombros y entre el vello facial creyó vislumbrar hojas adheridas, tréboles y pétalos de flores. La ropa estaba hecha jirones, mostrando parte de su anatomía; incluso iba descalzo. Pero desaliñado y con gesto incrédulo en su rostro, para ella era el hombre más apuesto de todos.

El viento se tornó frío y las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el bosquecillo, pero nada importaba ahora que la doncella había encontrado a su vagabundo.

Entre susurros y promesas de amor trataban de dar voz a todo cuanto habían guardado esos meses en sus corazones. Se sonrieron, notando la complicidad de dos almas que se reencuentran sabiendo que, esa vez, nada los separaría.

El sonido lejano de voces, más allá de los álamos, les advirtió que pronto dejarían de estar solos.

Y, cuando minutos más tarde hizo su aparición un grupo de niños, buscando cobijo contra la lluvia, sólo encontraron una fuente de piedra. Todos los pájaros habían volado muy lejos, todos menos dos que recién alzaban el vuelo.

Uno era pequeño y de plumas blancas, el otro grande y de plumaje oscuro, una mezcla de gris y negro, pero una mancha blanca destacaba en el vientre. Y, juntos, entre el batir de alas y alegre trinar, desaparecieron entre los copas de los árboles, perdiéndose en la inmensidad del cielo azul.

Abajo, los primeros copos de nieve cayeron sobre el bosque.


Retazos

domingo, 20 de junio de 2010

Tras terminar Frisco's kid, publicada en español como Otra forma de amar, por fin estoy leyendo Indigo blue, la tercera novela de la saga Comanche de Catherine Anderson. Bueno, diciendo la verdad, apenas he pasado del prólogo. Pero no me resistí a leer el inicio. Espero disponer de tiempo para leerla y disfrutar con ella. De momento puedo decir que la dedicatoria de la novela me ha encantado. ¡Es preciosa! Creo que no exagero si digo que es una de las que más me han calado (de las que he leído) en muchos años.

En unos días quiero subir un relato que escribí hace mucho tiempo. Debía tener unos doce o trece años. Lo he reescrito y corregido pero he conservado la esencia y la idea con que fue escrito. Si lo hubiera escrito ahora, probablemente lo habría hecho diferente, pero he decidido dejarlo tal como lo ideé en su día. Después de todo es una vieja historia escrita hace mucho. ¿Para qué cambiarla? Sé que es una historia sencilla, juvenil pero le tengo mucho cariño porque me despierta muchos recuerdos.

Hablando de recuerdos, os recuerdo que sigue abierto el plazo para participar en el concurso organizado por Noche de palabras para ganar un ejemplar de Luna de Tor. Las bases las podéis encontrar en el blog. Animaos a participar y poner rostro a Áurea e Isaac.

¡Feliz fin de semana! (lo que queda de él)

Reseña de Luna de Tor por Menchu Garcerán

jueves, 17 de junio de 2010


Hace unos días, Menchu Garcerán escribió una reseña sobre Luna de Tor. Hoy, me gustaría compartirla con vosotros.

Luna de Tor empecé a escribirla, calculo que hace unos cuatro años. Ya he perdido la noción del tiempo... Desde aquella primera versión hasta la que, finalmente, ha sido publicada por Zeta hay una evolución notable. Al menos yo sí tengo esa sensación. Tal vez no sea muy muy evidentes, tal vez no lo sea tanto en contenido como en forma. Pero es diferente.

En cualquier caso, todo esto viene a hilo de que Menchu leyó aquella primera versión y ahora, tras leer la versión final, ha escrito esta reseña con mucho cariño.

Podéis leerla en este enlace: Reseña de Luna de Tor

¡Gracias de nuevo, Menchu! Tanto por tus palabras como por tu cariño. Espero que tengas muchísima suerte con la publicación de tu primera novela, El viaje del presidente.

Te mando un abrazo muy fuerte y mil gracias, de corazón.

Luna Comanche - Catherine Anderson

martes, 15 de junio de 2010

Título original: Comanche moon
1º Saga Comanche
Autora: Catherine Anderson
Género: Romántica histórica Oeste
Editorial: Terciopelo
Publicada: 2010


Aunque nunca ha prestado demasiado atención a la antigua profecía, que se presagia la llegada una mujer de cabello dorado que marcará tanto el destino tanto de su raza como el suyo propio, Hunter no puede ignorarla el día que posa sus ojos en Loretta Simpson. Hunter siente una mezcla de atracción y desprecio hacia la joven, sentimientos que no logra controlar, ya que Loretta pertenece a la raza blanca, a la que él odia profundamente, puesto que un grupo de estos masacró a su tribu. Sin embargo, pese a que la antigua profecía le advierte de un destino que teme (por lo incierto de éste y porque lo alejaría de su gente) siente que no puede luchar contra él ni contra lo que le despierta la joven de cabellos dorados de la que habla la profecía.

Loretta quedó huérfana siete años atrás cuando un grupo de comanches torturó y mató con crueldad a sus padres. Testigo de aquel cruento episodio, perdió la voz y no ha logrado recuperarla. Desde entonces vive con sus tíos y su prima en una pequeña granja de Texas. Desprecia y teme a los Comanches con toda su alma, temen que un día reaparezcan, tal como de hecho sucede.
Entre el grupo de comanches que aparecen en la granja es Hunter quien más la aterra, ya que muestra una extraña fascinación por su cabellera y su piel blanca. Pero debajo de esa atracción, también vislumbra el mismo desprecio que ella siente hacia los indios.
Razón que la lleva a no entender la propuesta que realiza a sus tíos: decenas de caballos a cambio de la joven, algo que para Loretta es una vulgar compra, pero para Hunter es un regalo a cambio de la joven que quiere como suya.

Para evitar otra masacre, no puede impedir verse cargada sobre la grupa del caballo de Hunter, quien la aleja de su tía y prima, las dos personas a quien más quiere. Aterrada, está dispuesta a cualquier cosa antes que rendirse ante el indio de ojos índigo que la ha hecho su prisionera, incluso a morir. Cualquier cosa antes que convertirse en la víctima de éste.

Pese a los sentimientos ambivalentes que Loretta despierta en él, la timidez y belleza de la joven logran traspasar la rígida coraza con que Hunter, conocido como el lobo, se protege; hasta el punto que la defiende del odio que una joven piel blanca despierta en mitad de una tribu comanche, hasta el punto que la cura cuando ésta cae enferma y… hasta el punto de arriesgarse a perderla, dándole la oportunidad de volver a él por su propia voluntad, algo que Loretta jura no hacer jamás.
Sin embargo, junto a Hunter recupera la voz y poco a poco siente que un vínculo de amistad se forja entre ella y el indio de ojos índigo, que le recuerda en todo momento la manera en que murieron sus padres. Algo que se interpone entre ambos como un muro infranqueable…

Luna Comanche es la primera de las novelas que componen la saga Comanche de Catherine Anderson, dando lugar a una historia donde impera el odio más intenso entre dos razas pero en la que surge una historia de amor, en mi opinión, inolvidable.
Ambientada a finales del S. XIX, en Texas, en mitad de la cruenta batalla entre hombres blancos y comanches por la posesión de las tierras que un día pertenecieron a los indios, pero que poco a poco les van siendo arrebatadas, nace el amor entre Hunter y Loretta.

Una de las características que señalan las novelas románticas de Catherine Anderson es el tipo de protagonistas femeninas que escoge, suelen ser mujeres que sufren alguna discapacidad, algún trauma o maltrato en su pasado, muchas veces suelen ser mujeres víctimas de alguna desgracia.
En este caso Loretta es una joven que perdió la capacidad de hablar tras ser testigo de cómo eran torturados y asesinados sus padres. Los gritos de terror aún resuenan en su cabeza, las imágenes la acosan en sueños. De ahí nace su odio y desprecio hacia los comanches.
Pero Luna Comanche es ante todo una historia de amor interracial, entre un comanche y una mujer blanca, dos seres condenados a odiarse y despreciarse, atrapados en la lucha entre sus pueblos, pero que no pueden evitar enamorarse irremediablemente el uno del otro.

Partiendo del marco en que transcurre esta novela, un entorno hostil, violento y cruel, el de la vida en el Oeste americano, la novela me ha parecido muy intensa y con una carga emocional muy profunda.
Tantos los protagonistas principales como los personajes secundarios están retratados de tal modo que sus emociones y sentimientos parecen traspasar el papel.
El odio arraigado entre dos pueblos se palpa página a página, así como el modo en que nace el amor.

Es una historia entre razas en la que finalmente todos son víctimas, en la que los buenos y malos no existen. Con esta lectura me he sentido transportada a las planicies de Texas, a los terrenos arenosos, visto los ríos, conocido la tribu comanche…
Uno de los aspectos que más me han atrapado del libro es que gran parte de la historia tiene lugar en el campamento indio, donde Loretta comienza a interaccionar y a formar parte de los Comanches.
La verdad es una parte que me ha encantado leer, cómo mientras Loretta y Hunter se enamoran desaparecen las barreras que alzan sus razas y la guerra, al menos en parte porque la vida de ambos está más entrelazada de lo que pueda parecer, más allá de la profecía.

En definitiva, Luna Comanche me parece una novela preciosa, muy dura y cruda en las descripciones y las barbaries que suceden, pero que narra un amor que debe superar todos los obstáculos que se interponen para luchar por un futuro juntos.
Como secundarios destacaría sobre todo al resto de la tribu de Hunter, Warrior, Red Buffalo… pero especialmente a Swift Antelope quien junto a Amy, la prima menor de Loretta, protagonizan la próxima novela.
Ésta fue la primera novela que leí de Catherine Anderson, una autora de la que había leído muy buenas críticas, pero no me atrevía leer. Hoy puedo decir que no fue la última novela, porque pese al marco tan duro y salvaje en que se desarrolla, describe una historia de amor preciosa entre un comanche y su tosi tivo que me robaron el corazón.



Pon rostro a Áurea e Isaac y gana un ejemplar de Luna de Tor

domingo, 13 de junio de 2010


Si queréis tener la oportunidad de ganar un ejemplar de Luna de Tor, Noche de palabras os ofrece esa posibilidad con el nuevo concurso que ha puesto en marcha.

Ganar el libro es muy fácil, bueno, no tanto, hay que trabajar un poco... Pero es un concurso muy divertido.

¿Qué hay que hacer? Sólo debéis poner rostro a Áurea e Isaac, los protagonistas de Luna de Tor, y uno de los participantes se llevará la novela. Para ello debéis enviar las fotos a Noche de palabras. Por supuesto hablamos de rostros populares, actores, actrices, modelos... que pensáis encajan en la descripción de estos personajes o bien porque vosotros os los imagináis así.

Os dejo el link donde Ali os explica los requisitos que son necesarios para participar.

El plazo para participar es un mes, hasta el 13 de julio y es sólo para residentes en España. Si os apetece conseguir el libro, animaos a participar. ¡Estoy deseando ver cómo os imagináis a Áurea e Isaac!

Un beso


En La ventana de los libros...


Me gustaría compartir con aquéllas que os pasáis de vez en cuando porque este lugar. lo que os agradezco infinitamente (espero ir haciendo que día a día sea más acogedor) una maravillosa reseña que Anabel Botella ha escrito en su blog, La ventana de los libros, sobre Luna de Tor.

Os dejo el enlace: http://laventanadeloslibros.blogspot.com/2010/06/luna-de-tor.html

Como es bastante evidente, soy muy novata en esto de los blogs si escribiese mis peripecias darían casi para una novela... pero aunque no he sido muy asidua hasta ahora, conocí La ventana de los libros hace más de un año, gracias al blog de Críticas y opiniones de novelas románticas.Tuve la oportunidad de leer algunos escritos de Anabel.

A veces cuando repites muchas veces algo parece que esto deja de tener valor, no es lo que quiero, pero de algún modo quiero dar las gracias a Anabel por el respeto y cariño con que ha escrito esta reseña. Me ha encantado, no sólo por las bonitas palabras que dedica a la novela (mentiría si dijera que no es así), sino porque es una crítica constructiva que me ha hecho analizar y pensar en aspectos que tengo que mejorar. Y sobre todo porque se aprecia que está escrita por una persona que disfruta leyendo y escribiendo.

Gracias de nuevo, Anabel. Espero que tengas muchísima suerte y un día,no muy lejano, ser yo la que lea una novela tuya.

Un abrazo muy fuerte.


Entrevista en Noche de palabras

miércoles, 9 de junio de 2010


Hace unos días, tuve la suerte de ser entrevistada por Noche de palabras, un blog dedicado a la literatura juvenil aunque en este caso han dedicado, no por primera vez, unas palabras a Luna de Tor.

No tengo nada más que palabras de agradecimiento y de elogio hacia Ali, una chica encantadora y cariñosa que no sólo escribió una maravillosa reseña de mi novela, sino que ahora me entrevista.

Si os apetece leer esta entrevista, os dejo el link para que os paséis por Noche de palabras donde además podréis leer opiniones sobre novelas de corte romántico y juvenil. Deciros también que están preparando varios concursos. Si os interesa participar, os invito a visitar el blog y leerlo de primera mano.

Desde aquí, de todo corazón quiero dar las gracias a Noche de palabras y a Ali.

Un abrazo muy fuerte.


La importancia de un título...

Se dice que la belleza está en el interior.

En el caso de un libro, ¿qué hay más bonito que la historia que se esconde entre sus páginas? Seguramente nada, a pesar de que una preciosa portada o un maravilloso título puedan cautivarnos.

Al final la historia que cuenta, como se cuenta, los personajes, las aventuras, amores y desamores, misterios e interrogantes que vamos viviendo a través de las palabras son los que perduran en nuestra memoria.

Pero el título de esa historia es una seña de identidad que también deja huella.

Ay, la verdad es que hoy no me ha dado por la filosofía, sino que todo este rollo es porque estoy buscando título y no encuentro el que quiero. Aún.


SIRENA

viernes, 4 de junio de 2010




- ¿Sabes por qué lo llaman el farallón de la sirena?

La voz de Astrid fue apenas un susurro que se perdió sobre el rumor de las olas. Al joven sentado en la arena, a su lado, le bastó con leerle los labios para comprender sus palabras; no era la primera vez que las formulaba.

- Te lo he explicado infinidad de veces, Astrid. Fue bautizado así en recuerdo a una joven de la aldea que desapareció en el mar. Hay quienes dicen que se transformó en sirena antes de hundirse bajo las aguas.

-También hay quienes dicen que, en realidad, se ahogó una noche de verano.

El adolescente de cabellos dorados se apartó un mechón rebelde, que la brisa marina hacía caer sobre su frente repetidamente, achicó los ojos y la miró con desconfianza.

- ¿Lo dices en serio? Nunca he oído esa historia.

- ¿No? Entonces escucha, Evan. Otros dicen que, a menudo, la veían caminando por la orilla del mar. Parecía ensimismada con las olas que caracoleaban y salpicaban su falda y, mientras bordeaba la costa, recogía caracolas y piedras de colores hasta que alcanzaba el farallón, en la parte alta de la ensenada. Quienes la observaban desde la distancia dicen que parecía una sirena. La veían sentarse sobre las rocas donde aguardaba noche tras noche. Al amanecer, cuando los pescadores se hacían a la mar y lanzaban sus redes, aún la veían en la distancia. Desde las barcas la saludaban con la mano. A veces, ella les devolvía el saludo; otras no, pues su mirada estaba perdida en el horizonte y no reparaba en ellos. Una mañana de agosto nadie la vio en el farallón. Ni a la siguiente ni a la otra... Nunca más -añadió con un suspiro-. A partir de entonces nadie volvió a verla ni a saber de ella. Creen que se ahogó.

- Esa historia te la acabas de inventar -se mofó Evan.

- No, es cierta. ¿Sabes qué?

- ¿Qué?

- No creo que se ahogara. Tal vez él regresó y la llevó consigo.

- ¿Él? ¿Quién?

-El hombre por el que esperaba todas las noches, tonto, el hombre por el que permanecía junto al mar hasta el amanecer.

-¿Cómo sabes que aguardaba por un hombre?

-¿Por quién si no se aventuraría en la noche un día tras otro?

El muchacho se recostó sobre la arena, dobló los brazos bajo la cabeza y fijó la mirada en el cielo, estudiando la posición de las constelaciones. Frunció el ceño durante unos minutos, en apariencia absorto en la estrellas pero, en realidad, tenía la mente en las palabras de Astrid.

-No lo creo, eso se sabría en el pueblo -dictaminó.

-¿Qué?¿Que se marchó con él?

-Que él existía.

-Claro que existía -lo reconvino la muchacha mientras peinaba su larga cabellera rubia con los dedos.

-No lo sabes. Nadie lo sabe en realidad.

-Yo sí lo sé.

-¿Cómo puedes saberlo?

-Evan, si la mujer desapareció en el mar es porque él vino a buscarla como le prometió.

-Te equivocas, se suicidó cuando comprendió que no regresaría.

-¡Claro que regresó!

-No regresó.

-Hace un momento decías que ese hombre no existía y ahora que la abandonó.

-Las personas somos inconstantes.

-No todas.

-Sí.

-No.

-Estás siendo testaruda, Astrid.

-Puede ser, pero él regresó y se la llevó en su barco a recorrer el mundo.

Evan rió.

-¿Además tenía un barco?

-Claro, era un pirata que fue condenado a siete años de esclavitud. Pero cumplida su condena, regresó a por ella.

-Ni hablar, ella no lo hubiera esperado durante tanto tiempo.

-¡Claro que sí!

-¿Por qué haría algo tan estúpido?

-Por amor, por qué si no.

Evan volvió a concentrarse en las constelaciones meditando las palabras de Astrid.

-Ningún amor es tan duradero ni tan fuerte.

-Sí lo es, Evan. Ella lo amaba y él la amaba.

-Eres ridícula, Astrid.

-Y tú cínico.

-¿Cínico? ¿Dónde has aprendido esa palabra?

-Por ahí...

-No sabes ni lo que significa.

-Por supuesto que sé lo que significa -guardó silencio unos segundos-. Y sí eres un cínico.

-Si un día yo me marchara de Makronisos, ¿me esperarías durante tanto tiempo?

- ¿Por qué ibas a marcharte?

- No importa la razón.

- Claro que importa, Evan.

- Responde a mi pregunta, ¿lo harías o no?

-Tal vez. Si te amara...

El adolescente no se atrevió a preguntarle si lo amaba.


Años después aún recordaría aquella conversación, sin saber en ese momento, cuan importante sería... A veces tenía la certeza de que, si se concentrara, aún podría ver el apuesto y juvenil rostro de Evan mirándola fijamente, tal como hizo aquel día bajo la luz del atardecer.


Las campanas de la iglesia llamaban para la misa del mediodía. Las palomas levantaron el vuelo en dirección a la aguja de la torre. El salitre del mar llegaba hasta la pequeña edificación de piedra, pero los feligreses, que se congregaban a las puertas de la edificación, estaban tan acostumbrados al olor, que lo inhalaban como si se tratase de las violetas de la temporada.

-Astrid, creo que he olvidado mi rosario -se quejó la nonagenaria mujer que se sostenía del brazo de la joven de cabellos dorados.

-El rosario lo tienes en el bolsillo, madrina.

-¿Estás segura?

-Claro, lo guardaste después del desayuno -mientras hablaba tanteaba en la falda de la anciana hasta encontrarlo y colocarlo en la palma de su mano-, aquí lo tienes.

Los dedos de la anciana se cerraron en torno a las cuentas de marfil, acariciándolas con torpeza. Reconoció al instante la suave y fría textura. Las manos, ajadas y avejentadas, buscaron el rostro de la joven para leer la expresión que sus ojos ciegos no podían mostrarle.

-Estás triste de nuevo. Aún tienes el corazón roto.

-Ya no, madrina.

-No me engañes. ¿Es por Evan?¿Aún lo lloras?

-Evan no merece ni una sola de mis lágrimas.

La anciana palmeó las manos de la muchacha.

-No es malo que aún lo quieras, Astrid.

-Hace mucho que dejé de quererlo.

-¿En serio?¿Cuánto tiempo?

La joven lo rumió durante unos segundos, quiso decir que siete años, los que hacía que se había marchado de Makronisos, pero se percató que sería una mentira. Tal vez no hiciera siete años, tal vez solo fueran seis... o cinco... o cuatro...o tal vez menos. Quizá aún lo quisiera un poco, pero eso no tenía porqué admitirlo ante nadie, ni siquiera ante sí misma.

A pesar el tiempo transcurrido a Evan no le costó reconocer a la joven de dorados cabellos que se encontraba de pie ante la vieja iglesia de Makronisos. A pesar de que vestía con sencillez, destacaba entre la pequeña congregación por su serena belleza y semblante melancólico. Creía que estaba preparado para enfrentarse al reencuentro, pero, inmóvil tras los olivos que bordeaban el sendero que ascendía hasta la edificación, se percató de cuán equivocado estaba.

No estaba en absoluto preparado.

La incertidumbre le atenezaba el estómago y el corazón se sobresaltó en su pecho cuando sus ojos se posaron sobre Astrid. Estaba tan hermosa...

En su fuero interno sabía que, probable y merecidamente, lo echaría con cajas destempladas. Tal vez no se merecía menos, pero un día ella lo amó con toda el alma. ¿Podía albergar la esperanza de que aún lo amara un poco?

En los siete años transcurridos desde que dejó atrás Makronisos había soñado muchas veces con ese momento. En sus fantasías, Astrid siempre lo recibía con una sonrisa, siempre corría a su encuentro susurrando “te esperé”. Pero si bien ése era su sueño, la realidad podía ser tan diferente que no debía hacerse ilusiones.

El sonido de las voces de los feligreses le obligó a abandonar su escondite tras el olivo. Enderezó los hombros, se mesó innecesariamente los cabellos rubios cortados casi al rape y echó a andar con paso titubeante y pesado en dirección a la iglesia.

Astrid asentía distraídamente a la cháchara de su madrina, quien le repetía el sermón del padre Cenobio durante la misa de la semana anterior, como si la muchacha no hubiera estado presente. Notó antes que ver cuando alguien ascendió el empinado sendero en dirección a la iglesia, pues las conversaciones a su alrededor cesaron al instante. Las charlas antes de la misa del domingo eran tan esperadas como la propia ceremonia. Tal mutismo sólo podía significar una cosa: un desconocido se acercaba.

Giró la cabeza sobre su hombro, lo suficiente para observar la figura del recién llegado. Lo miró sin interés, por inercia, pero bastó una brevísima mirada para que, a pesar de los años transcurridos, lo reconociera. El corazón dejó de latir al instante.

Evan.

¿Cuántas veces había imaginado, soñado, añorado ese momento? Tantas que le faltaban los dedos para contarlas. ¡Evan había regresado a Makronisos!

Estuvo tentada de pellizcarse para cerciorarse que el atractivo y serio joven, que se sostenía en pie ante ella, con una muleta, era Evan, el joven al que amó con la locura de la que sólo se es capaz un adolescente. Su Evan.

No, ya no era su Evan. Dejó de serlo el día que se marchó de la aldea, abandonándola y haciendo añicos sus sueños de niña. Se preguntó, no por primera vez, qué habría sido de su vida. Dónde habría estado, qué habría hecho... ¿Habría pensado en ella alguna vez?

No quería saberlo y, al mismo tiempo, la angustia y la incertidumbre de no saber horadaban su pecho. Intentó odiarlo con todas sus fuerzas y, casi imperceptiblemente, endureció la expresión de su rostro. No quería que leyera cuánto se alegraba de verlo.

Pero para Evan mirar el rostro de Astrid era como leer en un libro abierto. Ella aún no entendía con que facilidad hablaban sus ojos, a pesar del rictus que endurecía las delicadas facciones. La miró bajo los pesados párpados, inspiró aire haciendo que el pecho, un pecho increíblemente ancho y fuerte, vibrara.

Evan había cambiado, se percató Astrid. Del delgaducho adolescente nada quedaba.

El hombre ante ella era más alto y fuerte, tenía un cuerpo atlético. Los lacios y largos cabellos rubios, casi blancos, que a menudo recogía en una coleta, ahora eran tan cortos que apenas le cubrían la cabeza. Apoyaba el peso sobre el brazo derecho mientras adelantaba la pierna izquierda y caminaba hacia ella. Se preguntó, angustiada, si habría sufrido algún accidente.

Apenas los separaban unos pasos y, aun víctima de la preocupación, Astrid no alzó la cabeza. Fingiendo un interés que no sentía, siguió la conversación que su madrina mantenía con otros feligreses. En realidad no tenía ni la menor idea de que hablaban pero, como si le fuera la vida en ello, asentía cuando juzgaba que correspondía o cabeceaba. Ni siquiera contestó cuando Evan la llamó.

- Astrid.

Tampoco lo hizo cuando éste repitió su nombre por segunda vez.

- Astrid.

La aguja que coronaba la iglesia provocó en ella una inusitada fascinación. Alzó la mirada y observó con fijeza el extremo del edificio. Cualquier cosa en lugar de responder al joven a su espalda; cualquier cosa antes que sus ojos la traicionaran.

El silencio cayó sobre la pequeña congregación, más pendiente de la reacción de Astrid que de repetir y alabar las palabras del padre Cenobio o las habladurías de turno.

El repiqueteo de campanas dio aviso de que la misa estaba a punto de comenzar y, renuentes, pues deseaban conocer la identidad del joven que trataba de llamar la atención de la ahijada de Io, los feligreses dirigieron sus pasos hacia el interior de la pequeña iglesia.

Aún en sus trece de no reconocer la presencia de Evan, Astrid asió del brazo a su madrina y, uniéndose al resto de la congregación, los siguió. Ni siquiera se volvió al oír de nuevo su nombre.

- Astrid -la llamó Evan, con un deje de impaciencia.

- Alguien te llama, Astrid -susurró la anciana. No reconoció al dueño de la voz, mucho más grave que la última vez que la oyera.

- No es a mí, madrina -respondió con firmeza, acomodando sus pasos a los renqueantes de la mujer mayor.

- Estoy ciega, pero no sorda. Oí perfectamente tu nombre -replicó.

Una sonrisa afloró a los labios de la muchacha, pero no flaqueó.

- No es a mí a quien llama, madrina. Es a otra Astrid.

Semanas más tarde seguía preguntándose si había obrado correctamente al ignorar a Evan. Aquel domingo, a las puertas de la iglesia, le pareció lo más sensato para el bien de su corazón destrozado, pero ya no estaba tan convencida. No había vuelto a verlo ni oído palabra sobre él.

A menudo se despertaba angustiada en mitad de la madrugada y los interrogantes la avasallaban. ¿Y si se había marchado de nuevo sin despedirse? ¿Y si estaba enfermo? ¿Por qué no le había prestado atención?

Habían pasado muchos años, era una joven madura, capaz de oír y entender a quienes la rodeaban. ¿Evan ni siquiera se merecía que lo escuchara? Tal vez sólo quería saludarla, recordar viejos tiempos... ¿Por qué temía tanto reencontrarse con él?

Sabía la respuesta.

Sólo el orgullo y una indiferencia, que no sentía realmente, eran los únicos que habían impedido responder. Se moría por saber de él. ¡Qué tonta había sido!, se percataba ahora. Si pretendía que Evan no supiera cuánto daño le había hecho y cuánto le había afectado volver a verlo, qué mejor manera que enfrentarlo.

Pero ya era demasiado tarde para lamentaciones.

Con el paso de los días los remordimientos habían dado paso a la angustia, más tarde a la melancolía. Y así, como el que no quiere la cosa, había tratado de indagar. Pero ni el panadero, el pescadero o el muchacho que hacía los recados en la estación de autobuses supieron darle razón de su paradero.

“¿Evan? Sí, hemos oído de su regreso a Makronisos, pero nadie sabe dónde está viviendo, ni siquiera si continua aquí o sólo estaba de paso”, oía una y otra vez.

Cada mañana, de camino a la pequeña clínica veterinaria donde trabajaba, Astrid estudiaba los alrededores. Buscaba a un joven alto, rubio y taciturno. Esperaba encontrarlo recostado contra el árbol, al final de la calle, o sentado en el banco del parque donde la besó por última vez. Inconscientemente, lo buscaba donde años atrás solían verse. Pero ni en la plaza ni en los columpios, cerca de la biblioteca o en el mercado encontró ni rastro de Evan. Nadie sabía dónde estaba y, cada día que pasaba sin noticias, la vieja herida en el corazón se reabría.

Apenas amanecía cuando Astrid, caminando descalza, deambulaba por la playa. Sosteniendo en una mano las sandalias, recorrió la orilla evitando las olas que trataban de mojarle los pies y el borde de la falda. Sus pasos la llevaron hasta el farallón; aquél al que llamaba el farallón de la sirena.

No sabía qué la había impulsado a acudir allí. Tal vez la melancolía, tal vez la desesperanza o, sólo, el deseo de revivir la felicidad de los días pasados en el acantilado. Unos recuerdos dulces que ni siquiera las lágrimas que siguieron habían podido borrar. Ahora lo comprendía.

Astrid, como la muchacha de la leyenda, durante incontables amanecidas había aguardado en ese lugar por el regreso de Evan. Había sido una espera vana pero, ahora, cuando por fin reaparecía en Makronisos, no había tenido el valor de hablar con él ni para exigirle respuestas.

Ascendió con prudencia el escarpado acantilado, tenía la mente llena de pensamientos, palabras no pronunciadas y recuerdos que necesitaba reordenar y analizar minuciosamente. Las piedras tenían aristas tan afiladas que podía resultar herida en un mal paso. Pero ni siquiera esa posibilidad la indujo a calzarse. Le gustaba sentir la arena bajo las plantas de los pies, la humedad que se filtraba por la cercanía al mar y, sólo por eso, merecía el riesgo. Así que con prudencia ascendió peñasco a peñasco.

Cuando llegó al punto más alto del farallón la brisa le azotó el rostro, la falda se enredó con sus piernas. El olor a salitre era intenso, las gaviotas graznaron sobre su cabeza. Nunca podía inspirar el aroma del mar, sentir la caricia del sol o escuchar el graznido de las gaviotas sin recordar a Evan. Pero necesitaba soledad y, sólo allí, sobre las rocas, podía encontrarla.

Pero no estaba sola, se percató enseguida. Alguien se encontraba sentado sobre las rocas, en el mismo lugar donde ella solía hacerlo.

Era Evan.

Tardó un segundo en reconocerlo, pero el rostro de él reflejó la expresión del que lleva aguardando durante mucho tiempo.

- Viniste, Astrid.

Al principio no se movió. Creía que las piernas no aguantarían su peso, pero al instante, como por voluntad propia, sus pies la condujeron hasta las rocas. Estaban húmedas por el relente, pero eso no parecía afectar a Evan. Sin embargo se quitó el jersey y se quedó en mangas de camisa, la colocó sobre las piedras y ofreció asiento a Astrid.

- Hace días que espero por ti -respondió, como si pudiera leerle la mente y supiera qué estaba pensando exactamente.

Astrid lo miró sin pronunciar palabra.

¡Cuánto había cambiado! Cuando se marchó de Makronisos era un joven que, con dieciocho años recién cumplidos, se sentía un hombre, pero Astrid lo recordaba como un adolescente delgado, un tanto inseguro y bravucón. El hombre que le devolvía la mirada era otro. Sus ojos brillaban con una expresión que no sabía definir... madurez, arrepentimiento... ¿anhelo, tal vez?

Físicamente también había sufrido una metamorfosis. El rubio de sus cabellos se había oscurecido y no los llegaba largos, rozando los hombros, sino muy cortos, con un estilo casi militar. Había desarrollado los músculos de los brazos, algo que ni siquiera las mangas de la camisa podía ocultar.

- Empezaba a creer que nunca vendrías -dijo Evan en voz queda.

- ¿Cómo sabías que lo haría? -se tensó, temerosa de que, tal vez, su deseo de verlo fuese demasiado evidente.

- No lo sabía, lo esperaba -confesó-. Recordé que sentías predilección por este acantilado y se me ocurrió que, antes o después, regresarías aquí

Astrid no respondió, pero tomó asiento. Permaneció con las rodillas fuertemente apretadas, las manos cruzadas sobre ellas. Aún con la mirada absorta en las olas que restallaban contra las rocas, metros más abajo, sentía que Evan la estudiaba de soslayo.

Reinaba el silencio, sólo roto por las olas embravecidas.

- ¿Sabes por qué lo llaman el farallón de la sirena? -sonrió Evan.

Astrid volteó la cabeza y el corazón golpeó frenético contra las costillas. En su interior notaba que algo, tal vez su voluntad, se resquebrajaba.

- Te lo he explicado infinidad de veces, Evan. -lo remedó, incapaz de ocultar la sonrisa que afloró a sus labios- Dicen que tomó ese nombre en recuerdo a una muchacha que se ahogó en el mar.

- Hay quienes dicen que en realidad no se ahogó -la regañó.

- ¿Aún crees esos cuentos? Te equivocas, se ahogó. -apretó los labios que temblaron ante la red de recuerdos que esas palabras encerraban.

- No lo creo. Él regresó y la llevó consigo.

Astrid guardó silencio unos instantes, luego respondió:

- Sí lo hizo, pero volvió demasiado tarde. Ella ya se había suicidado.

- ¡Ella nunca haría algo así! -exclamó con vehemencia.

- ¿Cómo puedes saberlo? -lo increpó mirándolo con dureza.

- Ella lo amaba y él la amaba, ¿recuerdas?

- Tal vez... -concedió- pero las personas somos inconstantes y, en definitiva, el amor no es eterno.

- A veces sí lo es.

Astrid ignoró esa declaración velada.

- ¿Por qué regresaste, Evan? -lo interrogó clavando en él su triste mirada.

- ¿De verdad no lo sabes?

- Obviamente no.

- Te prometí que lo haría.

- También prometiste que nunca me romperías el corazón y lo hiciste.

El joven se encogió, como si hubiera recibido un golpe.

- Y hace tiempo que dejé de creer en tus promesas -continuó ella.

- Siento oír eso.

Astrid no respondió, pues la acometieron las imperiosas ganas de llorar y de huir corriendo. Pero se negaba a hacerlo en presencia de Evan. Si lograba conservar la calma y soportar estoicamente esa conversación, le demostraría que ya no tenía el poder para herirla.

- Esperaba que tú aún..

- ¿Aguardara por ti? -lo encaró, los iris desprendían chispas de furia- ¿Aún te amara? -lo retó.

- Tal vez... -guardó silencio un instante y reorganizó sus pensamientos-. Éramos muy jóvenes, apenas unos niños, Astrid. A veces me he preguntado si...

- No menosprecies mis sentimientos. Era joven e ingenua, pero mi amor por ti era sincero.

- No trato de menospreciarlos. Pero no sé cómo podías amarme, bien sé que no lo merecía.

- ¿Sabes una cosa? Tienes razón, no los mereces, Evan. -respondió sin reparar que había hablado en presente- Nunca los mereciste. -coligió- Siempre fuiste un egoísta que dabas por seguro que la boba de Astrid te esperaría eternamente. Pues no. -los labios le temblaban, lívidos.

- Sé que cometí muchos errores y si pudiera volver atrás en el tiempo...

- No puedes, nunca se puede. Hemos de asumir las consecuencias de nuestros actos.

- Astrid tienes razón. Fui egoísta e inmaduro, pero te juro que te amaba más que a nada en el mundo. Tal vez no entendí cuanto hasta que me alejé de Makronisos, pero no ha pasado un día sin que te recordara, sin que pensara en ti.

Astrid rió y el sonido, helado, de esa risa dolió a Evan. ¿Realmente ya no sentía nada por él? ¿Tanto la había herido?

- Quería madurar, conocer otros lugares lejos de Makronisos. Quería forjarme una vida por mí mismo, no como el hijo ni el nieto de nadie. ¿No puedes entenderlo, Astrid? Necesitaba marcharme de aquí y, aunque suene trillado, encontrarme a mí mismo.

- Sí, puedo entenderlo, Evan -los ojos azules de la muchacha se veían tristes-, pero me hiciste a un lado, como si no fuera importante para ti, como si no significara nada en tu vida. No te alejaste sólo de Makronisos, sino también de mí.

- Lo sé y lo siento. No sabes cuánto -suspiró derrotado-. ¿Crees que podrás perdonarme algún día?

- No lo sé, Evan.

- Dime cómo puedo saldar mis errores -le rogó mirándola con fijeza. La tomó de la mano-. Dime cómo puedo hacer que vuelvas a confiar en mí.

- No tengo la respuesta. Sólo sé que necesito tiempo.

El joven caviló en silencio unos momentos.

- Lo entiendo. Esperaré -añadió con decisión y una chispa de esperanza.

- ¿En serio? ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a esperar?

- Hasta que me perdones.

Astrid lo miró con escepticismo pero preguntó:

- Evan... ¿te marcharás de Makronisos?

Negó con la cabeza:

- Sólo me iría si lo hicieras conmigo.

Le sonrió. Astrid le devolvió la sonrisa sin percatarse que lo hacía.

Se recostó contra las rocas, apoyando el peso sobre los antebrazos. Al inclinarse no pudo ocultar un gesto de dolor que no pasó desapercibido para Astrid que, de soslayo, miró las muletas en el suelo. Pero Evan no pronunció queja alguna y, en extrañamente en paz, dejó que su mirada se perdiera en la distancia, donde el mar se fundía con el horizonte y las gaviotas desaparecían como motas de polvo.

- ¿Sabes algo Astrid?

Astrid lo miró a los labios.

- ¿Qué cosa, Evan? -sin saber por qué, de pronto, sentía el espíritu más liviano.

- El hombre por el que esperaba la joven de la aldea, ésa que dicen que era una sirena...

- ¿Qué sucede con él?

- Siento ser yo quien haga trizas tus sueños, pero no era un pirata -respondió como si desvelara un gran secreto.

A su pesar Astrid rió.

- ¿Cómo lo sabes? -fingió desconcierto.

- Cree en mi palabra. Sé bien de lo que hablo. ¡No era un pirata! Acaso un simple pescador, con fortuna un marino, un poco torpe eso sí -se frotó la pierna donde la vieja herida volvía a molestar-, pero de ningún modo un pirata.

Evan se reincorporó para estar al mismo nivel que Astrid que, por inercia, se recostó contra su hombro, como tantas veces hiciera en el pasado. No se detuvo a pensar. No quería pensar aún, no cuando por fin estaban tan cerca de nuevo.

Sentados así, los rubios cabellos de la joven acariciaban la mandíbula de Evan, que inspiró el aroma que desprendían, el mismo que utilizaba cuando era una adolescente. A fresa.

- Te creo, Evan -susurró en voz tan queda que el rumor de las olas la devoró-. Pero, ¿sabes otra cosa? Siento desilusionarte, pero tampoco ella era una sirena.

- Te equivocas, sí lo era. -se fingió ofendido.

Astrid rió al verlo fruncir el ceño y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que la herida en su pecho dolía menos y las cadenas del pasado eran más livianas.

- No lo era. En realidad sólo era una simple y tonta muchacha enamorada, dispuesta a esperar por el hombre que amaba hasta el fin de sus días.

- Nunca podría ser tonta, al contrario que él que era un auténtico estúpido. La hizo esperar demasiado.

- Tal vez necesitaba tiempo -concedió Astrid.

- Tal vez... o... tal vez... aunque lo intentó, no pudo luchar contra sí mismo y comprendió que había caído víctima del cántico de la sirena. Y entonces regresó.

Astrid hundió el rostro contra la garganta masculina y rió. Evan se rindió al deseo de abrazarla y pegar su cuerpo al de él. ¡Cómo había añorado a Astrid! Sólo ella encajaba tan bien entre sus brazos.

- ¿Sabes algo, Evan? Puede que después de todo, sí tengas razón y, realmente, fuera una sirena. -sonrió a unos centímetros de su boca.

- Lo es, créeme -susurró, pero su voz se oyó ronca por la emoción.

- Te creo, Evan.

Y así era, se percató. Con toda el alma.


FIN

Sirena©Mariam Agudo