El vagabundo

miércoles, 23 de junio de 2010


Llegó uno de los días más fríos del invierno.

La nieve convertía en ciénagas los caminos y los hacía intransitables, tanto que aventurarse en la intemperie sólo podía ser cuestión de vida o muerte, o, una gran imprudencia.

Pero ni siquiera la copiosa nevada impidió que el vagabundo llegara al parque que se ubicaba en el cruce de las calles. A esa hora no circulaban coches en ninguna dirección; el semáforo pasaba de un color a otro ante la apagada mirada del guardia, aterido de frío.

Una tormenta de nieve se había desatado mientras la ciudad dormía y, varias horas después, el viento aún soplaba despiadado, cortante como una cuchilla afilada. El lugar ofrecía la imagen de una postal navideña. Un manto blanco cubría los tejados, los árboles y las cercas que se vislumbraban en la distancia.

Aquél fue sólo el primero de muchos días.

Cuando el repiqueteo de las campanas señalaba las cinco de la tarde, las cigüeñas levantaban el vuelo sobre la iglesia y él cruzaba la verja de hierro que daba entrada al parque. Recorría el camino de tierra que serpenteaba trazando senderos y recovecos entre los árboles de ramas desnudas. Lo hacía con gesto adusto, concentrado, con las manos en los bolsillos. Caminaba hasta alcanzar la estatua de mármol, situada junto al bosquecillo de álamos, donde permanecía de pie, imperturbable y en silencio, observando la escultura con la adoración con que se mira a una mujer de fascinante belleza.

Nadie conocía la identidad del extraño.

Todos lo miraban a hurtadillas y especulaban.

Había quienes decían que, de lejos, tenía la apariencia de un mendigo, un vagabundo, un desahuciado o bien un alma errante, pues vestía unos pantalones deshilachados en los bordes, con un roto sobre la rodilla derecha que dejaba ver una pierna, desnuda y cubierta de vello oscuro; calzaba unas viejas botas militares de punteras arañadas, un desgastado y anticuado abrigo de pana gris y un gorro de lana negra, que le cubría los espesos y oscuros cabellos.

Los que se habían cruzado con él decían que, de cerca, mostraba el templado semblante de un poeta, un bohemio o un artista callejero. El suyo era un rostro atractivo y de marcados rasgos que parecían esculpidos en granito. La luz del atardecer resaltaba las cejas rectas, los ojos de color gris acerado, la línea regular de la nariz y de los pómulos altos, así como la mandíbula, fuerte y cuadrada, cubierta por una incipiente barba.

Entre ventiscas y nevadas fueron pasando los días y, por fin, llegó aquél en que la nieve se derritió. En su despedida formó regueros de agua que embarraron el camino y los senderos, pero, fiel, el vagabundo continuó acudiendo al parque. Mientras, la estatua de mármol blanco, de apariencia inalcanzable y tan gélida como el clima, empezó a cubrirse de hiedra y hojas secas.

El azul grisáceo del cielo fue dando paso al azul celeste.

Tímidamente primero, con ímpetu después, entre el blanco y el gris del paisaje, una amplia paleta de colores pintaron el enclave. Los primeros brotes reverdecieron en los árboles de ramas desnudas, los capullos de la nueva estación florecieron y, en la distancia, se oyó el cantar de las calandrias anunciando su inminente llegada.

Pero así como el mundo despertó de su letargo, tras el largo y austero invierno, el hombre envejeció de la noche a la mañana. Desapareció la robustez y el vigor de su cuerpo pero, igual que había hecho hasta entonces, continuó acudiendo al parque día tras día. Al traspasar la entrada, lo hacía con la espalda encorvada. Cada tarde la forma cóncava de su columna se veía más pronunciada que la anterior, las piernas le temblaban a cada paso que daba y, con frecuencia, sus pies, entorpecidos, tropezaban en las piedrecillas del camino.

Llegó la tarde en que apareció apoyándose en un bastón, doblándose por la cintura, con la cabeza hundida entre los hombros. Los otrora cabellos negros pendían en mechones sueltos y de un blanco prístino. Apenas lograba levantar los pies del suelo, los arrastraba dejando a su paso marcas sobre la tierra fresca.

Al llegar junto a la estatua levantó los ojos y se percató que ni un centímetro de mármol quedaba al descubierto, pues la hiedra y las rosas silvestres que habían brotado alrededor del pedestal, la cubrían de pies a cabeza. Un sollozo bronco, como el de un animal herido de muerte, brotó de su garganta. Con las manos desnudas apartó las ramitas y espinas que le impedían observar la faz de la estatua; se arañó los dedos hasta hacerlos sangrar, pero nada lo detuvo.

Arrugas, que días antes no estaban en su rostro, se veían en las comisuras de los ojos grises. Casi ciegos, luchaban por enfocar una visión que lo abandonaba a un mundo de tinieblas. Angustiado ante la imposibilidad de ver el rostro amado, dejó que las lágrimas brotaran y se deslizaran por sus mejillas en un caudal incontenible. Mientras, sus manos, de piel marchita y ajada, hurgaron entre la maleza hasta notar el tacto de esos rasgos tan amados. Y, a pesar de las espinas que lo arañaban, sus labios buscaron los pétreos de la estatua.

Después de aquel día, nadie volvió a verlo. Dicen que se fue esa tarde, acompañado del cantar de las calandrias, cuando los últimos rayos de sol moteaban sombras entre los árboles en flor. Vieron al anciano cruzar la puerta de hierro oxidado y no volver jamás.


La estatua llegó bajo el cielo gris de un amanecer.

Un camión la condujo a través del parque. Tres hombres, ataviados con monos de trabajo y con rostros aún somnolientos, la bajaron con cuidado para colocarla sobre un pedestal, a un lado del bosquecillo de álamos. Junto a los árboles de corteza gris, el mármol blanco no destacaba demasiado y la estatua pasó desapercibida para los ojos menos atentos.

Era la imagen de una mujer de mirada lánguida que se perdía en el horizonte. Vestía con una túnica holgada que se sujetaba sobre un hombro. Los cabellos caían sobre un lado, recogidos en la nuca, pero algunos mechones enmarcaban el rostro de mármol. Tenía las manos cruzadas en lo que parecía ser un gesto inquieto o apesadumbrado, pero sin ninguna duda, su semblante transmitía nostalgia.

A medida que la gente fue reparando en su presencia, nacieron las historias entorno a ella. A causa de su vestimenta, algunos la describían como una doncella de la antigüedad clásica; para otros era una diosa caída en desgracia del Olimpo; y para algunas personas era sólo una enamorada que aguardaba por un amor perdido.

Él acudió a verla en la que fue la primera de muchas tardes, cuando apenas llevaba unas horas colocada sobre el pedestal de granito. Qué veía en ella, nadie podía aseverarlo, pero lloviera, tronara o nevara, cada tarde se acercaba al parque y permanecía junto a ella, hora tras hora, y la observaba extasiado.

Era sólo un cuerpo esculpido en piedra, pero el amor que emanaba de los ojos del vagabundo la traspasaba igual que si aún palpitara con la vida. Privada de la capacidad de hablar, no podía responder, pero sí oía las palabras de amor que él le susurraba. Observándolos, los corazones más románticos tejieron una historia de amor alrededor del vagabundo y la estatua. Incluso el bosquecillo de álamos se convirtió en el marco de aquel amor imposible, insuflado por miradas tímidas y palabras a media voz.

Con las primeras nevadas, una pátina de hielo fue cubriendo a la estatua y rompiendo el único contacto con que contaban los anhelantes enamorados. Tuvieron que transcurrir semanas y meses hasta que llegó el día en que pudo olerse en el aire el resurgir de la vida. El aroma de las flores, el de la tierra húmeda y la resina de los árboles impregnaban todo con la esencia de la primavera.

Y algo sucedió...

Una grieta se abrió en la escarcha que aprisionaba a la doncella de piedra hasta que, centímetro a centímetro, fue resquebrajándose y liberándola. En su lugar, hojas de hiedra y rosas silvestres que, como por arte de magia, brotaron sobre el cuerpo de piedra blanca, lo cubrieron por completo. A través del muro que la vegetación, las flores y espinas formaban y ocultaban aún podía oír la voz del vagabundo, las palabras de amor que le susurraba y... el llanto que las teñía al final.

Quiso tocarlo, abrazarlo, decirle que también ella estaba sola en un mundo extraño, pero no podía.

Era incapaz, no era nada más que una estatua de mármol. Bella, distante e inalcanzable pero, al fin y al cabo, una mujer de piedra que también palpitaba por dentro. ¿Pero cómo llegar a él, cómo traspasar las barreras que los separaban? Sentía la desesperación con que trataba de liberarla de la maleza, oía la respiración entrecortada al contener el aliento, el miedo que emanaba de su voz. Quiso decirle que no lo hiciera, pues al hacerlo le arrancaba las alas de su libertad. No pudo.

La oscuridad la rodeó.

Cuando abrió los ojos, vio la espalda del anciano en la distancia. Ya cruzaba las puertas de hierro oxidado sin volverse ni dedicarle una última mirada. ¡No te vayas!, quiso gritarle, pero la voz no le pertenecía aún. La vista regresaba a ella poco a poco, en oleadas, turbia como una lente desenfocada; las palabras se agolpaban en su garganta sin poder pronunciarlas. No tuvo tiempo de reunirlas, ordenarlas y lanzarlas al cielo para que él, su vagabundo enamorado, las recogiera. ¡No me dejes!, le suplicaba en silencio.

Lloraba, sin percatarse de que lo hacía. La sensación de las lágrimas sobre su piel de alabastro era nueva, extraña. Mientras atardecía y el sol se hundía en el horizonte, dejaba en sombras el bosque de álamos, los bancos a un lado del camino y los senderos que se bifurcaban entre los arbustos en flor. Volverá, se dijo.

Mañana, como cada tarde, volverá a mí.

Pero él no volvió.


A la tarde siguiente, ella aguardó sentada sobre el banco de madera, a sólo unos metros del lugar donde se habían encontrado día tras día el vagabundo y la estatua. Recibía miradas cautas y curiosas de las personas que paseaban entre los árboles. La miraban con la curiosidad con que se hace a una recién llegada. La gente también miraba hacia el hueco vacío donde el día antes se alzaba la bella estatua de mármol. Los buscaban, a ella y al vagabundo que la observaba con tanta adoración. Pero ese día ni uno ni otro estaban y, nuevamente, volvieron a especular y a tejer historias sobre amantes reencontrados tras una larga ausencia cuando, en realidad, no hubo tal reencuentro.

Ella continuaba allí, al pie del bosque, día tras día. Sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo, jugueteaba con la tela del liviano vestido blanco que llevaba. Vaporoso, delicado y femenino la envolvía como si de una princesa se tratara. Pero él, su caballero andante, no llegaba. La esperanza se apagaba mientras los frutos maduraban en los árboles, el sol ardía con mayor intensidad, los dorados y anaranjados de la estación estival bañaban el parque y, más allá, la ciudad. Las risas de los niños se oían por todas partes, el chapoteo en la alberca y el bullicio alegre de decenas de personas.

Y la tristeza inundaba el corazón de la muchacha.

Una mañana, un joven de cabellos rubios y ojos celestes pasó caminando delante de ella. La miró de soslayo, dudando si continuar su camino o acercarse. Tras el momento inicial de indecisión, se aproximó y tomó asiento en el banco. Respetando su silencio no pronunció palabra, pero se recostó con gesto relajado contra el respaldo mientras observaba con pereza la alegría que vibraba en el ambiente.

Los árboles a sus espaldas proyectaban una apacible sombra sobre sus cabezas; desde las ramas llegaba el alegre trinar de los pájaros mientras una liviana brisa veraniega les acariciaba el rostro. Compartieron las horas en amistosa compañía, lanzándose mutuas miradas encubiertas. Al atardecer el joven se puso en pie, estiró los brazos sobre la cabeza desentumeciendo los músculos y se alejó. Pero al pasar delante de ella, igual que horas antes, le susurró: “Escucha el canto de los pájaros, te conducirá hasta él”.

Esas palabras no le decían nada, salvo que podía hallar a su enamorado. ¿Pero dónde?

Día tras día buscó al joven de cabellos dorados. En cualquier rincón del parque en que lo avistara, allí iba ella. A él parecía gustarle pasear, lo hacía a diario, con paso seguro de sí mismo, confiado y feliz. Observaba embelesado el cambio de tonalidad en los árboles que mudaban de colores como un reptil de piel. Algo brillaba en sus ojos. ¿Impaciencia tal vez?

Le suplicó en repetidas ocasiones que le explicara el significado de esas enigmáticas palabras que no le decían nada, pero él sólo las repetía, día tras día, aumentando su inquietud.

¿Cómo podían los pájaros guiar sus pasos?

Una mañana el trinar matutino adquirió un deje melancólico. El parque estaba menos concurrido que las semanas previas. Los tonos ocres y rojizos ya teñían los árboles y los frutos maduraban en las ramas. El viento ya no estaba cargado de aromas florales y frutales, sino de olores a tierra, resina y madera. Algo había cambiado y ni siquiera el joven de cabellos dorados se dejó ver. Durante un instante creyó verlo junto a una muchacha de larga cabellera rojiza y ojos verdes, pero un momento los vio recostados contra un álamo, al siguiente habían desaparecido.

Las notas tristes del canto de las aves que levantaban el vuelo sobre el bosquecillo, emigrando a tierras más cálidas, la hechizaron. Parecían quedar suspendidas sobre las copas puntiagudas de los árboles y algo, tal vez la soledad que la embargaba de nuevo, la impulsó a caminar. Sus pies la condujeron hasta los álamos donde un día se alzara como una estatua de mármol, al lugar donde el vagabundo acudía día tras día a observarla y acompañarla. ¿Dónde estaría él?¿Por qué no había regresado? De nuevo las palabras del joven de ojos celestes volvieron a su cabeza, pero la respuesta la eludía.

Levantó la mirada al cielo donde las bandadas de pájaros parecían motas que el aire arrastraba. El trinar se entremezcló con el viento y otro sonido que no pudo reconocer.

Se abrió paso entre los álamos siguiendo el rumor hasta alcanzar una pequeña fuente de rocas, de la que el agua brotaba como si surgiera de la misma tierra. Una pareja de pájaros de vistoso plumaje paseaban sobre ésta: uno era una ave de plumas rojizas, el otro de era mezcla de blanco, dorado y ocre. Lo curioso fue que, durante un instante, le pareció notar que ese pájaro multicolor la miraba y casi juraría que sus ojos eran tan azules como el cielo del verano. Juntos, las dos aves, alzaron el vuelo y se perdieron entre las nubes.

Y entonces lo vio.

Dando sombra y cobijo al pequeño afluente de agua, crecía un árbol robusto y de corteza oscura. Las ramas estaban cargadas de hojas verdes que, a simple vista, parecían de tacto aterciopelado. No tenía flores ni frutos otoñales pero sobre las ramas el piar de decenas de pájaros, ocultos entre las hojas, resonaba por encima del fluir del agua.

Se acercó, atraída por el trinar de las aves, posó su mano, pequeña y de piel pálida, sobre la rugosa corteza y, al hacerlo, de no saber que era imposible, juraría que el árbol había contenido el aliento. El intenso aroma de la resina y la hojarasca se le subió a la cabeza como una droga y, con suavidad, colocó la mejilla sobre él. El viento se filtraba entre las hojas entonando melodías mientras la muchacha rodeaba con los brazos el tronco.

A tan pequeña distancia distinguió el rostro del vagabundo, tallado sobre la rugosa corteza del árbol. En el momento en que sus ojos se cruzaron con los de él algo vibró en el aire. Los pájaros alzaron el vuelo, decenas de alas se batieron. Poco a poco el rostro fue delineándose y haciéndose más visible hasta que incluso las ramas parecieron mudar de forma y abrazarla.

Una maraña de cabellos oscuros y enredados sombrearon un rostro pétreo que traslucía tanta sorpresa como el de ella. La barba era más espesa que la última vez que la viera, pero sus cabellos volvían a mostrar una tonalidad negra. Entre los mechones que colgaban sobre los hombros y entre el vello facial creyó vislumbrar hojas adheridas, tréboles y pétalos de flores. La ropa estaba hecha jirones, mostrando parte de su anatomía; incluso iba descalzo. Pero desaliñado y con gesto incrédulo en su rostro, para ella era el hombre más apuesto de todos.

El viento se tornó frío y las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el bosquecillo, pero nada importaba ahora que la doncella había encontrado a su vagabundo.

Entre susurros y promesas de amor trataban de dar voz a todo cuanto habían guardado esos meses en sus corazones. Se sonrieron, notando la complicidad de dos almas que se reencuentran sabiendo que, esa vez, nada los separaría.

El sonido lejano de voces, más allá de los álamos, les advirtió que pronto dejarían de estar solos.

Y, cuando minutos más tarde hizo su aparición un grupo de niños, buscando cobijo contra la lluvia, sólo encontraron una fuente de piedra. Todos los pájaros habían volado muy lejos, todos menos dos que recién alzaban el vuelo.

Uno era pequeño y de plumas blancas, el otro grande y de plumaje oscuro, una mezcla de gris y negro, pero una mancha blanca destacaba en el vientre. Y, juntos, entre el batir de alas y alegre trinar, desaparecieron entre los copas de los árboles, perdiéndose en la inmensidad del cielo azul.

Abajo, los primeros copos de nieve cayeron sobre el bosque.


5 comentarios:

  1. ¡Es precioso!

    Mariam, ¿a este relato de referías cuando decías que ibas a colgar algo escrito hace mucho, muchísimo tiempo? Si es así, me quito el sombrero. Dirás que es una historia sencilla, pero a mí me ha parecido que, dentro de su sencillez, esconde una gran complejidad. ¿O acaso no es complejo el amor, aunque parezca tan sencillo?

    Un beso enorme, guapa.

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  2. ¡Cómo me ha gustado volver a leerme este relado, Mariam!
    Es preciosoooooooooooooooooo.

    Besos, artista.

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  3. Otro ejemplo de amor imposible, y de lo que somos capaces de hacer por amor o mejor dicho lo que el amor hace despertar incluso en la naturaleza.

    Un relato precioso.

    Un beso, Carmen

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  4. Primero de todo, siento no haber subido antes vuestros comentarios ni responder. Disculpad.
    Y en segundo lugar, muchas gracias.

    Chus, sí éste es el relato al que me refería. Aunque lo he corregido y retocado un poco, lo escribí hace mucho.Creo que se nota. Si lo escribiera ahora, tal vez, sería diferente pero prefiero dejarlo como está, acorde a cuando fue escrito.

    Nieves, ¡es verdad que lo habías leído! No me acordaba ya. Igualmente muchas gracias.

    Carmen, siempre tienes un comentario precioso para todo. ¡Gracias!

    ¡Muchas gracias a las tres! Y perdonadme de nuevo por no haber "cuidado" el blog estos días.

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  5. Es un relato precioso y evocador como todo lo que escribes, sigo pensando que tienes un estilo propio y personal y eso es algo difícil de conseguir. Además el manejo que haces del tiempo en el relato es original y bastante complejo para ser algo que escribiste hace años.

    Y personalmente, no sé si es porque nos entendemos muy bien y somos muy parecidas (o simplemente porque últimamente estoy muy sensiblona jejeje... ya sabes por qué) pero siempre encuentro en tus relatos algo que me toca la fibra, que me hace identificarme con ellos.

    En fin, me dedicaré estos dias a observar el canto de los pájaros a ver si encuentro una solución jajaja

    Como siempre, me encanta leerte. Un besito,

    Rosa

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