Al azhar

domingo, 18 de julio de 2010


En el barrio mozárabe

Atardecía. El zoco bullía de excitación. Decenas de personas, de todas las edades y clases sociales, deambulaban por las callejuelas del barrio mozárabe. Los mendigos, las alcahuetas y las concubinas se confundían con la multitud; los saltimbanquis ejecutaban acrobacias para el regocijo de la animada concurrencia; los mercaderes y orfebres exhibían sus mercancías con orgullo y prestancia; los humildes artesanos alababan los beneficios de sus ungüentos y jarabes caseros, jurando a todo aquél que quisiera escuchar las propiedades curativas y milagrosas que contenían. El aroma a pan recién horneado, el picante de las especias y el dulzón de los pasteles impregnaba el aire mientras dinares y dirhams cambiaban de manos con pasmosa facilidad.

Desde la distancia se avistaba la llameante cabellera rojiza de María que se abrió paso entre la muchedumbre que aguardaba junto a la fragua. Al paso se le cruzó Zaira, la gitana. Ataviada con un vívido vestido rojo, tintineantes pulseras y collares, se ofreció a leerle el porvenir a cambio de unas monedas, a lo que María se negó con un movimiento de cabeza. ¿Para qué conocer de antemano algo que iba a suceder igualmente? ¿No era preferible conocerlo a su debido tiempo?

Alzó los ojos al cielo cubierto de nubes grises. Poco después sintió sobre su rostro las primeras gotas de lluvia. En un abrir y cerrar de ojos, la llovizna dio paso a un aguacero que agrió el ambiente en el mercado.

Cubrió sus largos cabellos con la capucha de la desgastada capa de lana que llevaba y sorteó a la personas que caminaban en dirección contraria. Ni siquiera la acerada mirada del Saib al-Suq, que gobernaba con puño de hierro el mercado, pudo hacer nada para impedir la deserción de mercaderes y artesanos que, impertérritos, recogieron sus pertenencias y dieron por terminada la jornada.

Alguien huía con premura y al pasar la golpeó en el costado. María contuvo el aliento pero la cesta que llevaba en sus manos cayó al suelo. Las naranjas rodaron por los charcos, un gemido de desesperación escapó de sus labios. Unas manos, prestas a ayudarla, aparecieron de la nada. Levantó la cabeza y se topó con el rostro pecoso y los dulces ojos castaños de Jonás, el joven aprendiz del zapatero quien, solícito, acudió en su rescate.

Pero cuando el azote de un látigo restalló en el aire y un caballo tan negro como el demonio llegó al galope, ondeando las crines al viento, la imagen sembró el terror entre mercaderes y artesanos, mendigos y compradores. Todos abandonaron el zoco. Incluso Jonás desapareció entre la multitud sin dedicarle ni una última mirada.

Con el corazón acelerado, María se irguió cuan alta era, on la espalda recta y barbilla desafiante, para encarar al jinete que dominaba autoritario al negro alazán que coceaba sus naranjas. La lluvia lo obligó a achicar los ojos, negros como el azabache, bajo el turbante árabe que le cubría los cabellos.

Con pies raudos, María huyó del mercado. El suelo estaba resbaladizo a causa de la lluvia. Los toscos pero sencillos zapatos claveteados que calzaba hacían más difícil transitar por las calles. Miró sobre su hombro y suspiró aliviada al percatarse que sólo su propia sombra la seguía.

El barrio mozárabe se veía solitario, casi lúgubre. Las casas ante las que pasaba, muy similares a la suya propia, eran viviendas de dos plantas con escasas aberturas al exterior, sólo alguna pequeña ventana y la puerta de entrada.

A lo lejos se alzaban las gruesas y extensas murallas que rodeaban Madinat Al-Zahra, la ciudad palatina construida por el califa, y uno de los estandartes de los príncipes Omeyas.

María temía a la familia del príncipe Omeya con toda su alma.

Lanzó una nueva mirada furtiva sobre su hombro de virar con prudencia en la esquina, donde esquivó unos charcos malolientes que reconoció como orines y excrementos de animales. Hizo una mueca de repugnancia que arrugó su graciosa nariz, los sorteó y continuó caminando. Finalmente alcanzó el Tiraz, el barrio donde la comunidad mozárabe trabajaba y manufacturaba los tejidos.

Las piernas aún le temblaban tras el encontronazo con el jinete, sin duda era uno de los hombres del califa. ¡Cuánta arrogancia había exhibido al cocear sus naranjas! Suspiró de puro cansancio mientras recorría los últimos pasos. De repente una sombra surgió de la nada. Tan concentrada estaba en sus pensamientos que no oyó ni vio el caballo y al hombre sobre su lomo que le cortaban el paso. El alazán se alzó sobre sus patas traseras en una exhibición de poder. Un grito entrecortado escapó de labios de María. Con el corazón en la garganta, retrocedió hasta que chocar que su espalda chocó contra una pared.

El jinete desmontó y se acercó a ella. Su paso, firme y orgulloso, hablaba de la arrogancia de su carácter. Era alto y de espaldas anchas. Vestía con la aljuba típica del pueblo árabe, una prenda que se ajustaba a su cintura y brazos. Llevaba la cabeza al descubierto, sin el turbante que momentos antes lucía, así que pudo ver que tenía una espesa y ondulada cabellera azabache que le llegaba hasta los hombros. Su piel bronceada, casi dorada.

Una emoción extraña la embargó. Quería correr pero sus pies no la obedecieron. Cuando intentó reaccionar fue demasiado tarde. Él le impidió el paso.

-¡Detente! -ordenó con voz autoritaria.

María no le obedeció. Trató de huir pero sólo logró resbalar. Los brazos del jinete la rodearon impidiendo la caída, pero tiró tan fuerte de la capa que la cubría que la flamígera cabellera de la joven se desparramó como una cascada de hebras rojas.

Taricq la observó fascinado. Debajo de la capa se escondía un rostro pálido y suave, enmarcado por una reluciente cabellera rojiza, unos labios rosados y carnosos que prometían ser dulces como la miel. Era la muchacha más bella que había visto jamás. Ninguna de las mujeres y concubinas que habitaban entre los muros de la Madinat-Al-Ahzra podía compararse con ella.

- ¿Cuál es vuestro nombre? -le preguntó, aún sin poder erradicar el tono autoritario de su voz.

-María -aunque su voz tembló, alzó la mirada y la fijó en un punto indefinido sobre el hombro masculino-. ¡Déjeme ir, por favor!

Taricq parpadeó, confuso. No deseaba que se marchara. Aquella mujer debía ser suya, se dijo. Renuente, viendo el miedo que traslucían sus ojos, la liberó. Por primera vez, a lo largo de las horas que llevaba deambulando por el barrio mozárabe y los alrededores, tratando de dar con el paradero de hermano menor, Taricq se preguntó si no sería la mano de Allah la que lo había conducido hasta ella...

- María…

Su nombre era extraño, probablemente uno de esos irreverentes nombres judíos o cristianos, pero lo paladeó como una dulce fruta en su boca mientras la veía desaparecer en la noche.



Extracto Al azhar©Mariam Agudo

5 comentarios:

  1. ¿Se publicará esta novela? Me ha gustado bastante lo que he leído.

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  2. Es un comienzo interesante. Me encanta Mariam. Por favor continua y no nos dejes con la miel en los labios. Quiero saber que que sucederá entre Taricq y María.

    Un beso y gracias por regalarnos un retazo de una historia que parece muy hermosa.

    Carmen

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  3. Anabel la verdad es que esta novela aún está por terminar y corregir. Necesita una buena corrección. En realidad empezó siendo un relato que he ido desarrollando.
    Carmen ahora mismo estoy concentrada en la novela sin título. Pero Al azhar seguro que la termino, aunque sólo se quede en el blog. Le tengo un cariño especial.

    Gracias a las dos por vuestras palabras. Un abrazo muy fuerte.

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  4. Llevo un tiempo sin pasarme por aquí y me encuentro con esto... Mariam, leerte es una delicia, no hay más que ver este pedacito de historia que nos has regalado... aunque a mí también se me ha hecho muy corto. Sinceramente, espero que algún día termines esta historia porque me encantaría leerla.

    Besos

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  5. ¡¡Hola Chus!!

    Muchisísimas gracias por pasarte por aquí. Me alegro que te guste la historia, creo que ya habías leído algo antes. Espero terminarla algún día. La verdad es que soy incapaz de escribir dos historias al mismo tiempo, pero la de Taricq y María la tengo en un rinconcito... a la espera...

    Un beso muy gordo

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