Al azhar

miércoles, 6 de octubre de 2010



Madinat Al-Zahra, la ciudad palatina

El dulce aroma de la flor de azahar se respiraba entre las murallas de Madinat Al-Zahra. Tal era su intensidad que se subía a la cabeza con la potencia de un droga. La quietud sobre la ciudadela era casi mágica, como si una presencia oculta velara por sus habitantes. Con recelo, el príncipe omeya estudió el cielo y, por enésima vez, rogó a las estrellas que le señalaran su destino.
Éstas no parecían oír sus súplicas. El futuro se extendía envuelto en sombras e incertidumbre.
El reinado de los Omeyas había ido debilitándose a lo largo de los últimos años, el peligro acechaba tras cada esquina. Con la muerte del hachib, la férrea mano que mantenía a raya los sublevaciones en contra del Califato, la calma se resquebrajaba a pasos agigantados. Las voces de protesta de los grupos de descontentos volvían a alzarse día tras día; el Califa se había visto impelido a abandonar su cómodo gobernado desde las sombras; y, aunque su mano seguía moviendo los hilos que gobernaban a árabes, judíos y cristianos, la desconfianza y las dudas asolaban a todos.
Con la mirada fija en el cielo, llegó a la convicción que debía tomar una decisión. Se acercaba el día en que debería tomar a su primera esposa. La joven escogida para tal honor era Fátima, una belleza de piel canela y grandes ojos negros. No obstante, cuando Taricq la miraba no sentía nada, salvo un vacío en el pecho al imaginarse junto ella hasta el fin de sus días. Ya fuese con Fátima o con cualquier otra entre las muchas deseosas de ser parte de su harén de esposas, el futuro se presentaba oscuro ante él.
Pensaba en María más de lo que debiera. Muchas veces le había pasado por la cabeza la idea de cometer una locura, pero algo se lo impedía. Tal vez el miedo que reflejaron sus ojos verdes al mirarlo; tal vez que ella fuera una cristiana y él el primogénito del príncipe Omeya.
Regresaba de su rutinarias obligaciones cuando, apenas cruzando el arco de entrada de la Madinat Al-Zahra, oyó voces airadas que procedían de uno de los patios porticados. A lomos de su brioso corcel se acercó al foco de discusión.
-No seas necio, viejo orfebre -la voz estentórea de Hisham, su hermano menor, se oía con nitidez-. Si no pagas el tributo correspondiente, como hijo del califa, estoy en mi derecho de llevarme algo a cambio. Y es a ella a quien deseo.
A Taricq le bastaron unos instantes para reconocer a la joven que el orfebre trataba de proteger tras su cuerpo, avejentado y de pequeña estatura, un rival irrisorio frente a la corpulencia y juventud de Hisham.
-¿Qué sucede, anciano?Soy Taricq Abi Amar.¡Habla! -ordenó, pero sus ojos no se despegaron de los asustados de María.
-¡Por favor! -les rogó-. Pagaré, lo prometo. Necesito un poco más de tiempo, pero mi hija, no...
La desesperación reflejada en la mirada de María, los hombros encorvados del anciano y el silencioso llanto que brotó de su garganta, poco antes de caer desplomado, proclamaban la angustia de los cristianos.
- ¡Padree! -sollozó, arrodillándose a su lado.
Taricq observó la escena con un nudo en la garganta y, raudo, corrió junto a padre e hija, mientras gritaba órdenes a los hombres en el pórtico. Ni siquiera sabía qué decía, todos sus sentidos se concentraban en la muchacha cuyo sufrimiento le destrozaba el corazón y en salvar al anciano orfebre.
- Padre, por favor… no me dejéis.
- Karim -gritó Taricq, dirigiéndose a uno de los hombres a lomos a caballo-. ¡Por Allah, ayudadlo!
El joven, del que se decía era un buen sanador, se acercó con gesto contrariado al cristiano. Mientras, los ojos negros no se despegaron de la llorosa muchacha quien, por primera vez, no rehuyó su mirada. Algo pareció crepitar en el ambiente. El sol destelló tres veces, como un parpadeo burlón, el resplandor dorado se reflejó en las pupilas de ambos.
Todo sucedió a un ritmo precipitado, vertiginoso. Más tarde María se percataría de que no recordaba nada de cuanto había sucedido.
Taricq y Karim lograron salvar al anciano que, tras una lucha denodada, volvió a respirar. Superficial y erráticamente pero volvió a la vida.
Una agria discusión estalló entre ambos hermanos. Gesticulaban y vociferaban en voz alta, pero María no entendió nada, pues gritaban en árabe. Apenas lograba entender palabra. Finalmente Hisham se marchó furioso. Más palabras se intercambiaron, esa vez entre Taricq y su padre. Pero sin entender qué sucedía, María sabía con toda certeza que su destino se había quedado sellado. 
Su vida ya no le pertenecía.
Quedaba en manos del hombre cuyos ojos negros la traspasaban hasta el alma.


Al azhar©Mariam Agudo

7 comentarios:

  1. ¡¡¡Me encanta!! ¿Piensas continuarlo? ¿Forma parte de algún nuevo proyecto? Un besazo

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  2. Espero que continues con la historia pronto. Me dejas en vilo.

    Un beso, Carmen

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  3. ¡¡Muchas gracias, Lola!! Algún día la terminaré. En realidad no es un proyecto nuevo, es una historia que comencé hace mucho... Al corregirla para subirla me han dado muchas ganas de continuar con ella, pero antes quiero acabar la novela que estoy escribiendo. ¡Estoy entusiasmadísima! Espero poder compartirla con vosotras pronto, cuando la tenga más avanzada.

    ¡¡Un abrazo!!

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  4. Genial Mariam.Se ve que disfrutas ecribiendo.A mi me apasiona.Continúa.....

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  5. Espero que la continues muy pronto, este fragmento se merece una novela larga, creo que puede dar mucho de sí.

    Y a ver si compartes pronto con nosotras tu nuevo proyecto, me tienes muy intrigada. Un besito,

    Rosa

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  6. ¡Qué bonito! ¡Con qué poquitas palabras nos has hecho estremecer! Y ese final, que sin decir nada lo dice todo y te estimula la imaginación.
    ¿Va a ser una novela? Espero que sí, porque promete ser muy dramática y especial.
    Besosssssssssssssssssss ♥

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  7. ¡¡Holaaaaaaaa Ángeles!!

    Ay perdona que no te he leído antes, estoy un poco desconectada. Es un fragmento de un relato que escribí hace tiempo pero que luego "guardé" para hacer de él una novela. Algún día. De momento sigue guardado y yo sigo con mi otra novela.
    Aprovecho para desearte mucha mucha suerte con la historia de Mikel y Ane. Un beso muy gordo!!

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