jueves, 11 de junio de 2015

Edenbrooke - Julianne Donaldson

Título original: Edenbrooke
Autora: Julianne Donaldson
Género: Romántica histórica
Editorial: Libros de seda
Publicada: Septiembre 2014


Marianne Daventry es una jovencita de diecisiete años, huérfana de madre, cuyo padre, roto de dolor por la muerte de su mujer, se marchó a París dejando a sus hijas al cuidado de familiares. Mientras Marianne fue enviada a vivir con su abuela, en Bath, Cecily, su hermana melliza, a Londres con la prima Edith

Marianne no sólo echa en falta a su padre y hermana con desesperación, sino que Bath le resulta aburrido, tedioso. Tanta tranquilidad la exaspera. Como única compañía tiene a su tía Amelia y a su doncella Betsy, mientras pasa el tiempo tratando de rehuir las atenciones no correspondidas del señor Whisttle, y hacer oídos sordos a su abuela que la reprende por no actuar como una dama debería. Ansía escapar. Por ello cuando recibe una invitación de Cecily, rogándole que viaje a Edenbrooke, la maravillosa casa de campo de los Wyndham, para pasar unas semanas, sabe que no puede dejar escapar esa oportunidad.
Podrá pasear y gozar de las delicias del campo, reencontrarse con su hermana y, ante todo, escapar de los confines de su prisión mientras Cecily logra que Charles, el heredero de los Wyndham, la pida en matrimonio.

Marianne comienza el viaje llega de anhelos, en compañía de su doncella Betsy. Sin embargo el bonito castillo de sueños que ha creado en su cabeza comienza a desmoronarse cuando, camino a Kent, un salteador de caminos asalta su carruaje, hiere a su cochero y le roba un preciado medallón. Marianne busca socorro en una posada cercana, donde finalmente se ven obligadas a pernoctar. Allí conoce a un apuesto y misterioso desconocido, un tanto irascible, al que solicita ayuda y con el que, más tarde, inicia un inocente coqueteo.
Su sorpresa será mayúscula cuando, días más tarde, al llegar a Edenbrooke reconozca al desconocido de la posada así como su misteriosa identidad, Philip Wyndham, el segundo hijo de su anfitriona. 
Su estancia en Edenbrooke no comienza tal como la tenía planeada, pero tal vez el destino le tenga preparada alguna sorpresa más a Marianne.

No sé por dónde comenzar. Tengo que confesar que tuve durante bastante tiempo esta novela sobre la mesita de noche. Quizá pensé que, por la sinopsis, la historia en sí no podía ofrecerme muchas sorpresas, pero me equivoqué. La mayoría de las veces no me falla mi intuición. Si una novela me llama la atención y tengo el pálpito que me va a gustar es así, lo mismo me sucede al contrario. Pero con Edenbrooke no sé la razón por la que no me decidía a leerla. Como fuere, me alegro muchísimo de haberla leído, reticencias a un lado, pues es una de las novelas más bonitas y que más me han calado en los últimos años.

Edenbrooke me ha despertado la nostalgia por las novelas clásicas de la genuina Jane Austen, transportándome a 1816, a plena época de la Regencia, empapándome de los valores y la mentalidad imperantes, a cómo era la sociedad de entonces, especialmente para las mujeres. Y ante todo, cuenta una preciosa y dulce historia de amor, pura, sin escenas de sexo, sin sensuales escenas de seducción  ni diálogos subidos de tono. La seducción es más sutil, la historia de amor brota con ternura, con una ciega inocencia por parte de Marianne, y una paciencia y camaradería infinitas por parte de Philip.
Pero no hace falta más. ¡Qué historia tan conmovedora!

Marianne es una jovencita de diecisiete años que ha vivido siempre en el campo. No está acostumbrada a las reuniones y el bullicio de la temporada en Londres, se siente como un pez fuera del agua entre las jóvenes casaderas y sus madres. Desconoce los artificios que utilizan las jóvenes para engatusar a un hombre, es tímida y un tanto soñadora. 
Pero ansía vivir su particular aventura en Edenbrooke, recorrer la orilla del río, las verdes colinas, caminar entre los árboles frutales. Allí despierta su antiguo pasión por la pintura, que compartía con su madre, retoma su afición a montar a caballo que abandonó desde ella falleciera. Y sobre todo encuentra en Philip al más inesperado de los amigos: dulce, paciente, comprensivo. A él no parece molestarle su carácter ni su ineptitud para entablar relaciones sociales ni coquetear. De hecho aún se sonroja cada vez que recuerda como coqueteó con él en la posada...

Poco a poco, tras ese primer encuentro en la posada, vamos conociendo al verdadero Philip. Al porqué de su inicial hosquedad y al amigo leal de Marianne. No quisiera desvelar demasiado, pues lo realmente bonito es ir descubriendo cómo es Philip a medida que vas leyendo y, al mismo tiempo que Marianne, descubrir quién y como es en realidad. 

Y así, mientras pasean por la campiña, montan a caballo y recorren juntos Edenbrooke nace una bonita y dulce historia. En su inexperiencia y juventud, Marianne no comprende qué sentimientos son los que Philip despierta en ella, mucho menos sabe leer los de él -momentos en que me desesperaba- y que propicia que mantenga a la lectora con el corazón en un puño. 

Más tarde, cuando Cecily llega a Edenbrooke con Louisa Wyndham, los acontecimientos se desbocan y salen a la luz nuevas penas para Marianne. La llegada de invitados a la mansión, señoritas deseosas de atraer la atención del atractivo Philip, desplegando su arsenal de coqueteos y artimañas para conquistar al joven, dejan a Marianne desorientada, perdida. ¿Qué sabe ella de conquistar a un hombre? ¿Cómo puede competir con esas jóvenes tan bien adiestradas para ello si ella, a duras penas, sabe comportarse como una señorita (tal como su abuela le ha recriminado tantas veces)?

Pronto descubre Marianne que también allí, en la campiña de Kent, la caza de un marido es un deporte tan practicado como en Londres, lo que empaña el resta de su estancia en Edenbrooke. Por fortuna encuentra un alma bondadosa en Lady Caroline, la anfitriona y antigua amiga de su madre, o en los señores Clumpett, los tíos de Philip, en el fondo, tal vez, tan desubicados como ella.

Pese a que en apariencia Edenbrooke cuenta la clásica historia del noble codiciado como marido y la jovencita inocente y tímida, es una novela dulce y encantadora que te envuelve poco a poco. Con unos diálogos ingeniosos, divertidos, coquetos, conmovedores que ocultan más de lo que sus palabras dicen a primera vista; con escenas de esas que te hacen contener la respiración y pasar la página del libro con mano inestable. Sencillamente de esas novelas atemporales, románticas e inolvidables, que vas a atesorar toda tu vida, que leerás y releerás. 

Sé que me dejo mucho por contar pero, con la mano en el corazón, no quiero desvelar nada que pueda empañar la lectura a aquéllas que no hayan disfrutado aún con Edenbrooke. Es una novela envuelta en un halo de romanticismo y de ingenuidad tal que es enternecedor; es una novela donde el decoro y normas de la época no propician una historia directa y sin ambages. Es una historia de amor sutil, que se teje puntada a puntada, pero que terminas con una sonrisa y el corazón desbocado. 
Si es que hacía mucho que no decía esto, pero: es una joya de la novela romántica.

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